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A un mes del temblor

Por Eduardo Verona (*).- En la mañana a pleno sol del martes 27 de enero de 1998, en su casona de Santos Lugares, entrevistando  para la revista El Gráfico a ese novelista y escritor argentino que el mundo conoció como Ernesto Sábato (autor de El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abbadón, el exterminador, por citar sus tres novelas emblemáticas), le preguntamos porque cierta vanguardia con pretensiones intelectuales siempre le temió al fútbol y lo calificó como el opio de los pueblos y como una manifestación del disciplinamiento social y de la derecha clásica.

Sábato (fallecido el 30 de abril de 2011), luego de hacer un silencio de tres o cuatro segundos, construyó una respuesta demoledora: “No me haga reír…En primer lugar, no me hable de intelectuales, pero no por una carencia de inteligencia de mi parte. Lo intelectual provoca una deshumanización. Intelectual viene de intelecto. Y eso está acá, en la hipófisis cerebral. Sirve para demostrar teoremas, fabricar aviones, morteros… En fin, sirve para hacer cosas buenas y malas. Es el cientificismo, el teórico progreso que no es ningún progreso. Pero yo hago una pregunta: ¿quiénes salvan a los hombres? Las cosas más importantes, más humanas, son las que están debajo de la corteza cerebral, con el centro en el corazón. Y aunque se piense que es una víscera, por algo la gente muere de un ataque al corazón, porque es un receptáculo de toda la condición humana. Es el que sufre, el que tiembla, el que alienta…”   

Le planteamos que quizás esa búsqueda pretenciosa de intelectualizar una gambeta, un caño y un golazo existe a partir de la incomprensión. Y le pusimos como ejemplo a Jorge Luis Borges, quien en varias oportunidades ironizó y dijo no entender como veintidós hombres corrían detrás de una pelota. Sábato, fiel a su temperamento, arremetió con un tono liberado de tibiezas: “Es un buen chiste. Que mala idea tienen esos sectores de la condición humana que practica deporte. Pero está bien, los que no lo gozan se lo pierden. Era una broma la de Borges, pero él detestaba ciertas cosas… Era un hombre que un poco en broma y un poco en serio, comentaba que todo lo que decía y hacía lo sacaba de la Enciclopedia Británica. El no podía concebir que hubiera gente que jugara al fútbol. Y que veintidós personas corrieran detrás de una pelota con sesenta mil personas mirándolos. Pero de Borges hay que quedarse con su costado positivo”.

Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato.

Las potentes consideraciones de Sábato vinculadas al deporte y en especial al fútbol (“¿A quién no le hubiera gustado hacer el gol que Maradona les hizo a los ingleses?”, nos confesó aquella mañana ya capturada por el mediodía), reivindicaron una pertenencia a las grandes expresiones y pasiones populares. A un mes de la tercera Copa del Mundo que Argentina conquistó en Qatar aquel domingo 18 de diciembre, con una Selección tan fuerte y convencida adentro como afuera de la cancha, con un entrenador denostado por los medios como Lionel Scaloni al que pretendieron reemplazar por Marcelo Gallardo o por Diego Simeone y con un Messi colonizado por una magia que venció al tiempo, la conmovedora procesión que acompañó el desarrollo, el desenlace y los fastos del Mundial deberían inscribirse en los altares de las obras maravillosas nunca del todo bien interpretadas. O bien leídas. Porque cualquier interpretación o lectura tan cercana a la consagración, hoy será precaria, frágil, accesoria, insuficiente. La magnitud y la dimensión de la simbiosis Selección-Pueblo tendrá sus tiempos para irse revelando. Ahora, son todas parcialidades. Y enfoques apurados y urgentes. Algunos oportunistas. Otros bien intencionados. Pero inyectados de actualidad.

La realidad siempre subjetiva nos indica que la Selección no produjo el milagro de la victoria final. No hubo tal milagro en Qatar. “Argentina tiene recursos para ganar el Mundial”, nos comentó en esta misma plataforma el Flaco Menotti un mes antes del arranque de la competencia. No hablaba Menotti de voluntarismos saturados por el deseo. Ni de pronósticos aventureros para ilusionar a las audiencias. Era lo que se veía. Lo que delataba el equipo. Y eso que se veía venir, se confirmó, más allá de los imponderables que juegan a favor o en contra. Argentina fue el mejor equipo del Mundial. Superior a Francia, Brasil, Croacia, Inglaterra, Alemania, Bélgica, España. Superior a todos. Llegó a Qatar para quedarse con la Copa. No lo decía públicamente Scaloni. No lo decían los jugadores. Pero era un objetivo alcanzable. No por debilidades ajenas. Sino por fortalezas e inspiraciones propias, que aquí muchos subestimaron o negaron en función de intereses corporativos.

Por eso lo del “milagro” invocado no deja de ser una construcción falsa, aunque lo que dibujó Messi a sus 35 años y medio merecería acreditarse como la síntesis más sensible y más virtuosa de un futbolista genial. Tan genial como lo manifestó Maradona en su plenitud de México 86. Medirlos a Leo y a Diego con un rigor científico sobreactuado es entrar en el terreno de las grandes audacias y temeridades. Sería como intentar medir la emoción. O medir al artista y a su arte. O medir los perfiles insondables de la creación y el misterio. O medir el amor y el dolor. O el universo de las pasiones, siempre intransferibles y siempre únicas. Como las que terminó despertando la Selección en un rito de espontaneidades y complicidades sin equivalencias.

Diego Maradona y Lionel Messi.

Repite Jorge Valdano con esa curiosidad existencial que siempre lo distinguió, que “el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes“. Y es probable que haya encontrado una frase valiosa que también se le atribuye al técnico italiano Arrigo Sacchi. Por supuesto que podemos vivir sin fútbol. Lo que no podemos es vivir sin una ideología que nos acompañe. ¿El fútbol tendrá una ideología? Es una pregunta despojada de originalidad que no tiene una respuesta lineal, aunque en principio habría que ratificar que todo hecho es político e ideológico. Lo que no admite dudas de ningún tipo es que el fútbol de todos los tiempos siempre intenta ser manipulado por los distintos espacios de poder, pero cuando parece estar atrapado en un laberinto siempre se escapa. Y huye. En la huida tan celebrada también está su gran belleza.     

                  

(*) Periodista. Miembro de conducción de UTPBA.
Nota publicada en 18 de enero de 2023.

NdR: Un detalle acerca de la Selección y del autor de esta nota. Verona escribió más de 60 notas respecto del equipo de Lionel Scaloni desde antes de la consagración en Brasil, Copa América 2021, hasta Qatar 2022. Ninguna de ellas fue publicada por Diario Popular, empresa que le censuró más de 250 notas desde hace 28 meses (setiembre de 2020) tal como la UTPBA lo viene denunciando desde ese mismo momento. Son textos, como este, que transpiran conocimiento futbolero, coherencia y pasión, una tremenda pasión, con honestidad intelectual (no la que intelectualiza una gambeta) y dignidad profesional. Esa persecución patronal, que persiste y que va más allá de un comentario sobre la Selección, privó a muchos de encontrarse con una visión a contramano de cierto establishment mediático respecto de la Selección Argentina; una convicción futbolística y de valores políticos e ideológicos que no cede ni siquiera un cachito frente al negocio, que se vale por estos días de falsos arrepentidos, pusilánimes y genuflexos. Verona vio señales en el juego cuando los detractores carecían de la voluntad y decisión para hacerlo y la imaginación ni siquiera les daba para sospechar que en el camino aparecería la scaloneta. Una denominación a la que apeló alguno de ellos para encubrir las culpas de los difamadores.

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