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Inédito

Por Daniel Das Neves (*).- Los mediocres forman parte de una categoría que menoscaba la condición humana. Sobreviven con el aire funcional que le brinda el superior, ambos integrantes de los escalones subterráneos de la pirámide con la que se suele ilustrar donde se concentra el poder. No es a ellos a quienes les cabe la responsabilidad de una impunidad a cuya cadena de mandos responden con pusilanimidad. Obediencias debidas a las que se repudia en ciertas causas y a las que se justifica (y justifican) en otras, a pesar de tratarse de conductas de la más despreciable cobardía. 

Hay silencios o gestos sigilosos que portan la violencia de quienes se mueven creídos que sus espaldas están cubiertas eternamente por quienes naturalizan su posición de dominio.  

La prohibición de despedir a un trabajador marca, formalmente –y durante la actual crisis sanitaria producto del COVID-19- el impedimento para que las empresas ejecuten la ejecución, que integra el ADN del capitalismo. Esto no impide que la búsqueda de sangre se dé mediante otros mecanismos, ocultando en cierta sutileza esa brutalidad que demora ser percibida. 

La no presencialidad (mejor: la ausencia programada del cuerpo a cuerpo) potencia la valentía del cobarde mensajero, capaz de transmitir las órdenes más crueles sin afectación, recurriendo al salvoconducto de una pandemia que todo lo explica, todo lo justifica. Mientras el Zoom nos coloca frente a indignaciones cargadas de impotencia –y a expensas de la manipulación-, con respuestas incorpóreas, tramitadas a la distancia. 

En ese panorama, que puede mostrar también excepciones valiosas en cuanto a cómo enfrentar adversidades, un mensaje puede encerrar todas las miserias. Desde ámbitos de trabajo casi deshabitados o desde una casa con muchas más comodidades que las del destinatario, sale la orden, con la extorsiva actitud de saber que una infeliz respuesta puede significar disparar el único recurso, hoy, para deshacerse de un trabajador: despido con causa.

Se envía un wattshapp, o un correo contundente, en el que un no me mandés más notas le dice al periodista (que resolvió no optar por la jubilación, porque es su derecho, porque necesita el salario –como todos sus compañeros- y porque, como muchos colegas lo saben, está en sus plenas facultades profesionales para seguir haciendo lo mismo, con 40 años de trayectoria, 25 de los cuales en ese medio) que no lo moleste más, como si fuese tan sencillo poner en retirada convicciones. 

El destinatario de la provocación hace tiempo que sabe que se puede integrar el grupo de riesgo por una pandemia y, al mismo tiempo, estar en la mira de la falaz emergencia empresaria, que en su impunidad deja caer en oídos tránsfugas su interés de alzarse con su presa sin poner un peso. 

Ya son cerca de 100 notas escritas desde setiembre 2020, ninguna de ellas publicadas. Escrita con la inmediatez de siempre, abordando la temática de costumbre. Como antes escribió más de 1.500, todas ellas publicadas puntualmente, elaboradas según la relación laboral acordada. Notas leídas para compartir su contenido o disentir con él, por miles de protagonistas, colegas y lectores. 

Desde otra mirada, con otros genes, el periodismo permite movilizar pasiones. Más aún si no se pierde de vista lo colectivo. Las casi 100 notas inéditas no forman parte de una pasión inútil sino de una convicción de clase. Esa que está dispuesta a pelear para que no se salgan con la suya los que se creen dueños de la vida.  


(*) Secretario de relaciones internacionales de la UTPBA.

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