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Treinta y dos

Sólo voy con mi pena…
Sola va mi condena…

Por Leticia Amato (*).- La situación de los ciudadanos magrebíes y subsaharianos que arribaron a territorio europeo en las ciudades fronterizas de Ceuta y Melilla evidenció, una vez más, alarmantes niveles de racismo enquistados en la sociedad y cristalizados, en buena parte, por un discurso mediático habituado a lavar tanto responsabilidades como sustantivos.

La imagen que encabezó las primeras planas de los diarios más consumidos de España, muestra a un joven negro con la mirada abatida y un gesto de sufrimiento, que está siendo abrazado por una, también joven, blanca voluntaria de la Cruz Roja.

Él -uno de los miles de seres humanos que huyen de la miseria y otras formas de la violencia y cuya existencia no alcanza, en términos legales y literales, siquiera a la categoría de migrante- había usado todos los dedos de la mano para referirle la cantidad de seres queridos que acababa de perder en la desgarradora travesía.

Las manifestaciones de racismo, cuya avanzada sí cobra dimensiones de tsunami, están a la orden del día, como revelan, los cientos de comentarios en trending topic racistas, nacionalistas, xenófobos y sexistas que corrieron como reguero de pólvora en las redes sociales en cuanto se publicó la imagen del abrazo.

Apenas treinta y dos horas fue lo que duró el intento desesperado de entre 8.000 y 10.000 ciudadanos (de los que tres cuartas partes son menores de edad) marroquíes y de otros países de África subsahariana como Senegal, Burkina Faso, Mali, Argelia, Níger, Chad o Nigeria, de hallar en Europa un pedazo de tierra que los aloje y les brinde, aunque remota, una chance de supervivencia.

Treinta y dos horas en Ceuta, durante las que un joven perdió la vida al caer 10 metros hacia abajo por un acantilado, luego de haber sido agredido por alguien de quien los servicios de seguridad no tienen el menor dato. Otro, fue hospitalizado con golpes de bate. Uno, tras enterarse de las deportaciones masivas e inmediatas, intentó ahorcarse y permanece internado. Algunos pocos todavía deambulan perdidos por las calles, huyendo y siendo encontrados por la policía o peor aún, por violentos que descargan sobre ellos su furia racial.

El mar de esa ciudad fronteriza arrojó a la playa los cadáveres de otros dos jóvenes, ahogados junto al anhelo de encontrar una vida posible en el viejo continente. Y un grupo de ocho personas permanece oculto de las fuerzas de seguridad en el monte boscoso de Ceuta, en un campamento improvisado gracias y a merced de lo que la naturaleza les provea.

El ostensible desarrollo del arte del disimulo lingüístico en los grandes medios, que intenta naturalizar el alto voltaje de violencia y desesperación que se vive a causa de un conflicto político y migratorio que muy lejos está de resolverse, elude flagrantemente palabras como persecución, expulsión o deportación y, en cambio, nos regala una bárbara proliferación de vacuas e inofensivas expresiones, del tipo: “oleada inmigratoria, cruzar la frontera en forma ilegal, acceso irregular al territorio, devoluciones de personas y regresos voluntarios”.

Y además, está la foto del abrazo que, con su enorme carga semántica, reivindica el gesto humano -e individual- de la socorrista pero camufla la impiadosa política migratoria de un Estado que “devuelve” ciudadanos como si se tratase de despojos humanos librados a la buena de un dios que se declaró ateo hace rato.



(*) Periodista. Secretaria de Asuntos Profesionales de la UTPBA. Miembro de la Secretaría de Juventud y Nuevas Tecnologías de la FELAP.

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