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Lo sólido se desvanece en el aire, lo frágil aguarda su turno

 

Por Juan Chaneton (*).- Durante el siglo XX y ya entrado el actual, era común escuchar en los cenáculos, púlpitos y mentideros de la derecha que la meta económica y política argentina era EE.UU., o Inglaterra, o Alemania, o Francia, es decir, parecerse a ellos, pues se trataba de países exitosos y culturalmente afines en la medida en que todos y algunos más como Canadá o Australia, constituían la civilización occidental, que hunde -así se decía- sus raíces en la tradición moral y religiosa judeo-cristiana.

Conforme las décadas de este siglo XXI van transcurriendo con celeridad e impiedad indiferente a las angustias existenciales de cada quién, va quedando cada vez más claro que esos sedicentes modelos están clavando las guampas en el barro de sus crisis sociales, que, en bloque, expresan la crisis de un sistema -también occidental y cristiano- denominado capitalismo.

De modo que parecerse a Alemania, Francia o Inglaterra, hoy, no parece un destino apetecible. Tampoco los EE.UU. constituyen ya el modelo exportable que fueron aquellos “treinta gloriosos” que van de la segunda posguerra hasta mediados de los ’70. Los conflictos, dilemas e insuficiencias de unos y otros los descalifican como arquetipos, ya que han devenido plutocracias políticamente inviables y moralmente reñidas con sus propias tradiciones. Merkel yéndose por la puerta de atrás; Macron esquivando un impensado destino de helicóptero; y May sin dar pie con bola en el tema Brexit, confirman las peores sospechas: la crisis es grave y es estructural.

Ha quedado en “orsay”, entonces, aquella derecha que venía recomendando el seguidismo ciego y tonto a los grandes de occidente y, por ahora, no tiene argumento, salvo el fascismo, pero ese personaje es un poco impresentable e inapto para el debate ideológico con las teorías sociales ancladas en las luces de la ilustración, marxismo incluido o, tal vez, sobre todo marxismo.

La pregunta -retórica- entonces, es que si nos hemos quedado sin modelos para imitar, ¿cuál debería ser nuestro norte como nación, como patria y como pueblo? Y lo primero que aparece como evidencia empírica y con la cartesiana certeza de la claridad y la distinción, es que no se trata (nunca se trató) de imitar a países sino de optar por sistemas. Nuestra opción de hoy es la misma que la de ayer: capitalismo o socialismo, no Estados Unidos o Europa.

Con el agregado de que Argentina, por sí sola, es menos que integrada a su “hinterland” natural: América Latina. La globalización (es decir, el actual proceso de extensión de las relaciones capitalistas -técnicas y sociales- de producción a todo el orbe) no admite unipolaridades ni hegemonismos.  Antes bien, el mercado mundial marcha hacia su realización como mercado único global y esa dinámica es refractaria a jefaturas únicas y, por el contrario, se muestra proclive a la turgencia de polos de poder abigarrados y diversos, lo cual constituye la llamada multipolaridad.

Ni Argentina, ni Brasil, ni México, solas y con pretensiones serias, podrán nada contra la tendencia objetiva del modo de funcionamiento del capitalismo a escala global. Esta tendencia es, como queda dicho, la multipolaridad, que presiona en dirección de la integración regional, pues es sólo en el marco de espacios integrativos que desborden lo nacional que lo nacional podrá realizarse y, al mismo tiempo, el nuevo espacio integrativo así constituido podrá reclamar su lugar en el espacio global multipolar, y ello por razones de producto y de potencial y de “estatura estratégica”, para usar un concepto acuñado por Sherman Kent.

Argentina no tiene futuro fuera de la integración en Latinoamérica como región espacial geográfico-económica. No es una opción que pueda o no tomarse: es una tendencia ineludible y, por ello, una imposición política.

Las interrupciones de la dinámica globalizadora son sólo eso, interrupciones provisorias que asumen la forma de resistencias “nacionales” a la internacionalización que implica la globalización -como Trump o las derechas europeas-, o se exhiben como la irrupción de interinatos fascistoides al modo del que vivimos hoy en Brasil.

Por eso es importante no dejar solo a López Obrador en México y por eso es importante empezar a corregir el rumbo en las elecciones presidenciales de 2019: para reponer en el espacio global la opción por la integración regional que hoy está siendo socavada por Macri y Bolsonaro, esas anomalías anacrónicas y a contrapelo de dinámicas más generales y soterradas que surcan el espacio global. Se trata de dos despistados. Macri, porque supuso que el mundo todavía se regía por las coordenadas ideológicas de la banda Bush-Clinton. Bolsonaro, porque cree que Trump es para siempre y no la temporaria excrecencia de un organismo sistémico enfermo.

Así las cosas, Moscú-Beijing-Nueva Delhi constituyen no ya un “norte” para copiar ni, mucho menos, para ejercitar una soberanía subordinada, sino el eje sobre el que comienza a reposar una multipolaridad en la que América Latina  -una, única e integrada- comenzará también a buscar su lugar en el mundo como entidad socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana que, a la vuelta de los tiempos y con la robótica, la inteligencia artificial y el “intelecto general” de una nueva Humanidad, rescatará las palabras, algunos fonemas de la lengua replegados hoy sobre la espera, por caso, socialismo, aunque el nombre es lo de menos, o no tanto.

(*) Periodista, escritor y abogado.

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