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Capitalismo, la muerte soberana

Por Ana Villarreal (*).- A pocos días de asumir la presidencia de turno de la Unión Europea, Austria aspira a sentar las bases de la creación de centros de expulsión de migrantes en terceros países. Así lo anunció el canciller Sebastian Kurz, luego que los resultados de reuniones recientes indican coincidencias con sus pares italianos y ciertas distancias de interpretación con los representantes alemanes, acerca de imparables y riesgosos éxodos que emprenden miles de personas con el único horizonte de mejorar sus vidas en Europa.

Por su parte, el presidente estadounidense, Donald Trump, impulsor de la práctica de tolerancia cero, está sorteando las escandalosas alternativas de la decisión de separar a 2342 niños mexicanos de sus familias inmigrantes.

En Hungría ya existe una ley que define delictiva a cualquier iniciativa de ayuda a los inmigrantes. Mientras que, en Polonia se prohíbe expresamente la asistencia a las organizaciones no gubernamentales, que se dedican a la atención de las personas en esa calidad.

La desesperada huida de miles de personas de guerras y hambrunas, colisiona con barreras políticas cada día más intolerantes y con las fuerzas de seguridad especializadas, que como en el caso de Austria, ya ha desplegado en su frontera sur, en el límite con Eslovenia.

Luego de la cumbre realizada en Bruselas a fines de junio, Italia ha advertido que no permitirá el ingreso de inmigrantes en su territorio. El ministro del Interior, Matteo Salvini, anunció que su país bloqueará la entrada de una embarcación, con 450 personas a bordo, proveniente de Libia: “sépanlo los buenistas de Italia y de todo el mundo-amenazó el funcionario- que ese barco no puede y no debe arribar a un puerto italiano”.

Muchos representantes europeos, sobre todo los ultraderechistas que gobiernan desde hace pocos meses, ven en la experiencia australiana un modelo a imitar. En Australia el gobierno mantiene un campamento en la Isla Manus, Papúa Nueva Guinea. En el lugar se han registrado muchos suicidios entre las personas hacinadas, que son periódicamente reprimidas por las fuerzas de la policía local y, cada tanto, brutalmente atacadas por los lugareños. La situación ha originado la denuncia y el reclamos de muchas organizaciones humanitarias ante las condiciones de los recluidos en dicho centro que, además carece de servicios básicos.

En los últimos 18 años, han muerto 60 mil personas en el mar y en los desiertos, mientras intentaban llegar, expulsados por guerras y hambrunas, a otros sitios del planeta. La huida de los infiernos depara para miles de personas, un corredor de la muerte hacia una Europa que pretende ser cada vez más un castillo inalcanzable con sus puertas cerradas.

En un escenario bastante lejano a cualquier expectativa de logros auspiciosos, Naciones Unidas anunció esta semana las bases de acuerdos migratorios entre la mayoría de sus estados miembros, a las que Estados Unidos, ya advirtió, no suscribirá. Una pieza más en el tablero del mundo, donde la soberanía de la muerte perpetua el drama sistémico que alcanza a millones de seres humanos.

(*) Periodista. Miembro de conducción de la UTPBA

 

 

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