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Catalunya sigue en modo incógnita

Por Juan Chaneton (*).- En política, la fuerza bruta, sola y exasperada, no paga, no rinde, y ya ha sacado las cuentas el muy gallego presidente de España, el señor Mariano Rajoy, al concluir las elecciones en Catalunya. No sólo el resultado electoral favorable a las fuerzas independentistas ha colocado en el centro de la escena la necesidad de un referéndum soberanista consensuado, sino que el repudio  a la represión y a la aplicación arbitraria del artículo 155 de la Constitución de España ha recibido también una contundente sanción en las urnas: el Partido Popular quedó último en la tabla con un ínfimo 4 % de los votos.

Obtener 70 de las 135 bancas en juego coloca al programa de la independencia al mando de la Nación catalana, ya que con 68 de esas bancas era suficiente para tener mayoría. Pero, en segundo lugar, este resultado es un golpe también para la Unión Europea  -golpeada ya por la salida de Inglaterra (Brexit)-. Esto es así porque la Comisión Europea, órgano ejecutivo y de iniciativa legislativa de la Unión, se había pronunciado con anterioridad en contra de la opción independentista por boca de su presidente, el señor Jean-Claude Juncker. De modo que el prestigio y la credibilidad de ese proyecto estadounidense que es la UE  ha sido manchado por la realidad. Y mucho más lo ha sido  luego de que la doble vara con que se maneja la Unión Europea se ha hecho evidente varias veces: en Kósovo apoyó la “autodeterminación e independencia” de ese pedazo de tierra arrancado a Serbia    mediante una operación plantada por la inteligencia anglosajona. Y en Crimea la UE hizo lo mismo porque ello perjudicaba a Rusia y a Putin, y eso era no la conveniencia de Europa pero sí la de Estados Unidos. De modo que negarle ese derecho a Catalunya cuando antes no se lo negaban a otros pueblos y, encima,  perder en las urnas deja, una vez más, descolocado, a ese proyecto sin rumbo que es la integración de Europa.

Sin embargo, una segunda lectura de lo que ocurre en Catalunya evidencia dificultades sin solución a la vista. En efecto, la Constitución del Reino de España no habilita la independencia ni la consulta en clave separatista a ninguna región del país. De modo que, una vez más, se inicia un proceso cuya culminación verá tensarse la contradicción entre el principio político de la sobernía popular y el principio jurídico de la supremacía constitucional. Y ya se insinúan los modos de aparición en el escenario de esta contradicción.

Siguen detenidos por el delito de haber organizado el anterior referéndum independentista los jefes de las oenegés Omnium y ANC  -expresiones de la cultura catalana- Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, a los que hay que agregar al líder de Esquerra Republicana, Oriol Junqueras y al ex conseller de Interior Joaquim Forn. Los cuatro son presos políticos con toda evidencia, pero a ello  hay que sumarles los nuevos efluvios autoritarios del gobierno de Madrid: se ha comenzado a investigar con miras a su detención a Marta Rovira, número 2 de ERC y al presidente del PDeCat (Partido Demócrata de Catalunya) Artur Mas, así como a la dirigente de la CUP (Candidatura de Unidad Popular) Ana Gabriel. Y también se hallan bajo el ojo inquisitorial, dirigentes como Mireia Boyá, jefa de bancada de la CUP en el Parlament; Marta Pascal, coordinadora general del PDeCat; y Neus Lloveras i Massana, presdenta de la Asociación de Municipios para la Independencia (AMI).

Así las cosas, los votantes no sólo no han resuelto los problemas de Rajoy sino que los han agravado. Pero lo que para España es dificultad para Catalunya puede ser oportunidad. La Bolsa retrocede, a estas horas, y hay más de tres mil empresas que se han ido para radicarse en diversos lugares de España. Habrá que optar por la política, entonces, pues Rajoy ha fracasado, según lo expresó Carles Puigdemont, quien podría volver a la presidencia de Catalunya y a quien la derecha española odia, en este momento, más que a nada ni a nadie, como si el dirigente geronés fuera quien escribe la historia. Lo cierto es que tuvo que exiliarse en Bélgica para evitar el calabozo en España y desde allí se prepara, a estas horas, para el regreso.

La burguesía catalana ha ido creciendo y rivaliza con la española. La burguesía catalana no ve ya con buenos ojos las exacciones que España practica sobre su fortalecida economía y las reputa ilegales. Los pronósticos de crecimiento que había hecho el gobierno español han tenido que ser recortados ya que la inversión directa en Catalunya ha caído hasta en un 75 % debido a la prolongada crisis. Rajoy se halla preso, asimismo, de declaraciones que hizo cuando el anterior proceso independentista estaba en desarrollo. Dijo en ese momento que volvería a aplicar el artículo 155 si algo o alguien revitalizaba las ansias soberanistas. Ese algo y ese alguien ha llegado y ha dicho presente: es el pueblo de Catalunya. Si Rajoy quiere seguir fiel a su bravata, deberá correr el riesgo de abrir otra crisis y, debilitado como está, ésta podría tragárselo junto al alicaído Partido Popular. El diálogo y el consenso, entonces, con la soberanía como primer punto, parecerían ser un camino. Y es este camino el que viene planteando Puigdemont. Pero, para que ello sea viable, el hombre fuerte de Junts Per Catalunya debería lograr que ese “club de países decadentes” que es Europa (son sus propias palabras) quite su apoyo a Rajoy y lo deposite en su propio activo. Y no parece que Merkel y Macron sean proclives al romanticismo.

Entre tanto, el PSOE y Podemos, de Pablo Iglesias, han perdido en Catalunya y por la misma razón: no pudieron hacerle entender al electorado que es posible estar en la procesión y tocar la campana al mismo tiempo. La formación derechista Ciudadanos (Cs) ha resultado la más votada. Inés Arrimadas liderará una bancada con un número apenas superior al de la Esquerra pero, ya se sabe, todos los independentistas unidos son mayoría. La CUP, a su turno, parece decir que la única vía seria y posible siempre es la utopía: son independentistas pero, a la vez, son anticapitalistas. Tendrán cuatro diputados, es decir, son indispensables para constituir mayoría en favor de la soberanía catalana.

La globalización, en tanto, sigue adelante indiferente a los desvaríos humanos y, por eso mismo, engendra otros desvaríos: la derecha ubicada a la derecha del conservadorismo liberal gana elecciones o legitimación en Austria, en Polonia, en Francia, en Italia, en Holanda. España debería estar inmunizada contra la enfermedad autoritaria pues ya han agotado esa experiencia tanto el franquismo como sus continuidades democráticas bajo Felipe González y ahora bajo Rajoy. En este confuso escenario se mueve y palpita la reivindicación soberanista catalana y es demasiado pronto para saber cómo seguirá desarrollándose.

(*) Periodista y abogado.

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