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Una película que ya vimos

La verdad tiene la cara y los colores que le otorga la fuerza dominante en una realidad determinada.  Los patrones fijan los patrones de medida –redundancia que no necesita disculpa porque no procede de ninguna pobreza gramatical- y definen las acciones para ampliar los márgenes de maniobra y alcance en pro de hacer más solvente y universal la verdad que los protege; conquistando, ahí radica su potencial, a los padecientes directos de esa verdad. Una verdad arco iris.

La verdad –jamás un enfoque, una perspectiva, una opinión- anda por todos los pasillos de la actividad periodística, plena de colores, repitiendo que el Estatuto del Periodista, de una vida septuagenaria –y nos quedamos 3 años cortos-, y los Convenios Colectivos, que van por los 42 años de vigencia, son viejos, vetustos, arcaicos, por sólo citar tres de los adjetivos descalificativos que se emplean para referirse a ellos, sin que sea posible encontrar una sola cana en la cabeza del sistema económico, político y social que hace más de tres siglos se encarga de hacer inútil el deseo de la mayoría de la humanidad (no apenas de los trabajadores de prensa) de vivir mejor, dignamente, pretensiones que los dueños de la verdad consideran irrealizables. Mejor, utópicas, porque así, de paso, se ponen los sueños y las esperanzas (aunque no sean lo mismo) en la correspondiente caja, donde sólo les está permitido asomar la cabeza cuando no sea para poner bajo sospecha el sistema trisecular, que los cobija en tanto los pueda explotar.

El capitalismo, por supuesto que a él se refieren las líneas anteriores, no está mencionado aquí de manera forzosa. Leyendo la abrumadora mayoría de los medios gráficos, escuchando las radios de mayor alcance, observando la producción audiovisual, los propietarios de esas plataformas no disimulan abrazarse a ese sistema, al que pertenecen plenamente y al que de vez en cuando le piden clemencia cuando su lógica inalterable los coloca en la categoría del pez chico.

No obstante, todos ellos repiten a coro que son viejos, de una ajada cinta en blanco y negro, los derechos ancestrales, laborales y sociales pero la propiedad privada y la atribución empresaria de despedir nunca perderán su condición natural de guías para organizar las relaciones humanas, políticas, económicas y de clase; por las buenas o por las malas: imponer la verdad no reconoce excesos (no hay almanaque que alcance a registrar el largo recorrido sistémico de un capitalismo doriangraynesco).

Funcional a esa verdad dominante están las verdades que no resisten un tratamiento que las pase a color sin transformarse. Son aquellas que no se organizan para enfrentar la mentira dueña de la verdad, sino que apenas se satisfacen en dejar un mensaje de disconformidad, con tipografía catástrofe, gritos que sobrepasan otros gritos e imágenes que apelan a todos los incontrolados dispositivos de la virtualidad-real. La evidencia es su caballito de batalla, esa que no requiere explicación y que produce la falsa sensación de una amplia coincidencia con otros pares, que se advierte como retórica debido a la ausencia de una estrategia de confrontación seria que provoque en los patrones algún cambio, al menos, en sus tácticas más retardatarias camufladas de progresistas.

Esos ansiosos impulsores, la versión 4.0 de la verdad de a puño, priorizan el dicho incontinente con propósito viral por sobre la tarea –gris, compleja- de analizar cómo enfrentar la mentira-verdadera, con quienes hacerlo y contra quienes, preguntas que la inmediatez transforma en un ejercicio de pragmatismo y casi nunca en una acción firme y convincente desde los intereses que se dicen defender; que evite confundir a los que se supone igualmente afectados.

No es lo mismo defender cada puesto de trabajo, los convenios y el Estatuto sin atajos hipócritas –como por ejemplo, convertirlos en instrumentos legales a disposición de estudios jurídicos clientelísticos, que depositan bombas de tiempo en cada conflicto donde están en riesgo las fuentes de trabajo, supliendo la lucha con discursos falsamente beligerantes que actúan de placebos para poder insertar la reposera legal- que señalar como conquista gremial que los trabajadores de una empresa accedan “gratuitamente” a la página web de ese medio, mientras se “whasapean” injusticias las 24 horas y se señalan responsables acordes con la verdad-mentira para la que terminan militando.

Con la verdad no ofendo ni temo, dicen para darle lugar a un coraje que no va a confrontar con nadie, mientras esquivan la ardua tarea de organizarse para pelear contra el poder real, que en el caso de prensa es hablar en una misma escala.

Los dueños de la verdad están en la post producción de esa película –que, paradójicamente, ya vimos- elaborada con todos los colores, en cuarta dimensión, más el detalle aún no creado en materia tecnológica, que disfrutará del mayor circuito de distribución, para explicarnos que estamos de más, que el mundo (y esta actividad) no necesita de tantos, es más, se requiere de muy pocos, a otro precio y con otras condiciones. Sacar del circuito de la producción a hombres y mujeres sujetos de esos derechos que algunos se obstinan en defender en blanco y negro y darles lugar a aquellos que carezcan de ese sentido, abrazados al desarrollo individual, proclives a la competencia más feroz, dúctiles y conectados, es el añejo, vetusto, longevo, senil y rancio objetivo de los dueños de la verdad.

Dicen los que saben de cine –que de verdad saben- que la calidad visual de una película no se define por su resolución cromática sino por el manejo de la luz. Blanco y negro, por un lado, y color, por otro, seguirán resistiendo el paso del tiempo, aunque los adoradores del color –dueños de la verdad– hayan dispuesto la obsolescencia programada de ese blanco y negro tan poco amante de la modernidad. Tan tenaz, terco, obcecado, tozudo. Tan convencido.

 

 

 

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