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Entre el deseo y la muerte

Por Guido Fernández Parmo (*).-“¿Por qué Batman salva personas, pero Dios no?”, se preguntaba Jaco van Dormael de niño.

Muchos de los grandes directores de la historia del cine (Bergman, Fellini, Wells, Tarkovski), coinciden en una cosa: el cine filma el alma humana. En contraste con el cine que gira en torno a la acción, esta idea nos devuelve un cine que mete la cámara en la cabeza de los personajes, en su interior, en sus sueños, sus deseos, sus recuerdos.

Las películas de Jaco van Dormael entran en esta tendencia. El año pasado, el genial director belga nos ha regalado una nueva película, El nuevo nuevo testamento (Le tout noveau testament), lo que representa un buen momento para repasar algunas ideas de su filmografía. Van Dormael ha dirigido sólo 4 películas en 24 años: Toto el héroe (1991), El Octavo Día (1996), Mr. Nobody (2009) y El nuevo nuevo testamento (2015), pocas pero intensas.

En el cine de van Dormael, siempre estamos frente a un mundo subjetivo. Son los recuerdos y las fantasías de los personajes la materia prima con la que hace sus películas, y así lo podemos ver cada vez que un televisor muestra una antigua imagen televisiva que funciona como la memoria misma del personaje o cuando suena una musiquita de los años 50.

Si esos grandes directores coincidían en que se filma el alma, también coincidían en que la materia misma del cine es el tiempo. Filmar nuestra interioridad es filmar la condición temporal humana, es filmar el tiempo mismo: los hermanos pequeños en Toto el héroe viendo la vieja filmación donde aparece el padre desaparecido, el adulto viendo la gastada película de su hermana cuando era niña, los hombres del futuro viendo los recuerdos del último mortal en Mr. Nobody. Estas referencias nos indican que así como los personajes recuerdan con la imagen, el cine mismo son esas imágenes-recuerdo de un personaje.

Los recuerdos y las fantasías puestos en el tiempo plantean un problema transversal en todas sus películas: la identidad personal fruto de las relaciones entre el deseo y la muerte, fruto de las elecciones. Comenzando por Toto el héroe (1991), siguiendo por El Octavo Día (1996) y Mr. Nobody (2009), todos sus personajes parecen estar viviendo vidas equivocadas, vidas de otros, vidas alternativas, vidas aplazadas, que en algún momento se han salido de su curso esperado. Ahí está el problema que hay que resolver: cómo vivir la vida que uno quiere.

Esto es, en última instancia, el problema de la finitud, de nuestra relación con la muerte. Se trata también del problema del eterno retorno presentado por Nietzsche: ¿qué pasaría si cada elección que hacemos (de un trabajo, de una pareja…) tuviéramos que repetirla infinitas veces? ¿Cuánto hay que querer lo que elegimos como para querer que se repita eternamente? ¿Volverías a casarte con el mismo hombre infinitas veces, soportarías infinitas veces los gritos de tu jefe por el dinero conseguido, te volverías a encerrar en tu habitación deprimido, etc., etc.?

Esta elección es la síntesis del deseo y la muerte, y a eso se dedica la última genial película de van Dormael, El nuevo nuevo testamento. ¿Qué pasaría si Dios fuera un ser malvado, perverso, que disfruta con el sufrimiento humano y tuviera además una esposa sometida, un hijo (JC) que ha abandonado el hogar y una hija de unos 10 años rebelde que busca seguir los pasos de su hermano? Y sobre todo, ¿qué pasaría si por algún error todos recibiéramos un mensaje de texto con la fecha y hora exacta de nuestra muerte? ¿qué elecciones tomaríamos si supiéramos cuánto tiempo nos queda de vida? Elección, deseo y muerte forman una unidad indisoluble y la pequeña Ea, hija rebelde de Dios, lo mostrará formando un nuevo “equipo” de apóstoles al decidir abandonar el Cielo donde reina su padre. Un nuevo evangelio, escrito por las personas y no por el enviado, evangelio femenino, escrito por un linyera, una mujer engañada enamorada de un orangután, un niño que se viste de nena, un asesino, una hermosa mujer manca, un solitario, un maniático sexual.

Poner en imágenes estos problemas existenciales supone filmar el tiempo. Nunca lo que vemos en las películas del director belga es un puro presente, siempre está en relación con el pasado o con un posible futuro. Cada situación presente que uno está viendo se resignifica según el tiempo: así es como pueden coexistir las múltiples vidas del Sr. Nadie: vidas posibles, vidas reales, vidas imaginadas, o las vidas de El nuevo nuevo testamento, las pasadas, las abandonadas, las deseadas y postpuestas, las deseas realizadas.

El tema principal en las cuatro películas de van Dormael es cómo hacer coincidir la propia vida con la identidad deseada o imaginada, cómo estar conforme con la propia vida, y cómo el tiempo, que surge en cada elección que realizamos, suele jugarnos malas pasadas. Por eso el universo infantil de sus historias, como si la película estuviera dirigida, escrita y producida por un niño. En la infancia se define gran parte de la identidad, del curso de la vida, sobre decisiones muchas veces mal tomadas y tomadas por otros. El tiempo, la diferencia entre pasado y presente, entre la vida imaginada y la vivida, surge como una bifurcación en cada elección. En momentos importantes o intrascendentes, la elección parte al presente en dos, entre el pasado y el futuro que se abre; y parte al propio tiempo futuro entre los posibles que se abren y el posible elegido. El tiempo, así, se presenta como la posibilidad misma de tener muchas vidas posibles, pero también como aquello que puede hacer que nuestra vida vivida realmente no se corresponda con los posibles abiertos por nuestras elecciones.

En Toto el héroe el niño está convencido de que lo han cambiado en la cuna del ospital, de donde su vida es la de otro, le han robado su futuro y se propone conquistarlo. En El Octavo Día, el exitoso empresario, que sin embargo fracasa en su vida familiar, intercambiará su vida con la del joven con síndrome de down. En Mr. Nobody, las múltiples vidas se entrecruzarán esperando la decisión del protagonista sobre cuál de todas es la acertada, mostrándonos cómo toda vida está llena de posibles que dependen, tal vez, de un simple aleteo de una mariposa a miles de kilómetros de distancia.

El nuevo nuevo testamento es la religión de la elección querida y deseada, la religión de una vida que, nietzscheanamente, es elegida y afirmada aunque tuviera que repetirse infinitas veces. Una religión terrenal, que renuncia al Cielo, y que busca la alegría, el placer y la felicidad aquí mismo. Una religión amoral que nos plantea vivir sin culpa, como los niños, eternos protagonistas del cine de van Dormael, viviendo conforme al deseo.

 

(*) Licenciado en Filosofía y Letras. Docente.

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