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Juan José Saer, la música de las frases

Por Leticia Amato (*).- El pequeño pueblo de Serodino, situado a 50 quilómetros de Rosario, provincia de Santa Fe, vio nacer, el 28 de junio de 1937, al descomunal escritor argentino Juan José Saer. Aunque escribió Ricardo Piglia, “Saer no es un gran escritor argentino. Saer es un gran escritor.”

Los parajes del interior del país que lo vieron nacer por pura convención, donde el río, el campo, y la quietud de la naturaleza se amalgaman, son en la obra de Saer no apenas escenarios de vívidas imágenes sino temas constitutivos que atraviesan toda su obra. Así lo detallaba en una entrevista: “Yo creo que ese inmenso vacío, esa imposibilidad de fijar la vista en algo, hace que si de pronto un pájaro levanta vuelo desde los pastos, ese pájaro cobra una presencia tan nítida y compacta a fuerza de existir que crea en nosotros un sentimiento de extrañeza. Sentía eso cuando era chico. Yo vivía en Santa Fe, en un pueblecito de la llanura que se llamaba Serodino y, a menudo, dos o tres chicos salíamos al campo con las gomeras a cazar. O a nada. Y de pronto nos separábamos, cada uno se quedaba solo, perdido entre los pastos a menudo más altos que uno, en aquella planicie y… no sé, pero recuerdo que me invadía un sentimiento muy extraño. De despersonalización, de desrealización.”

La profundidad narrativa, la exquisitez del lenguaje y, fundamentalmente, el ritmo de su prosa casi poética hacen de su estilo un privilegio de placer único para sus lectores. De hecho, el propio autor se encarga de explicar una de las particularidades de un estilo: el uso abundante de las comas en sus relatos, que “contribuye a crear, modificar y modular el ritmo, la música de las frases.”

Saer, que era hijo de inmigrantes sirios, ganó (inesperadamente para él según relató alguna vez) una beca de la Alianza francesa gracias a la cual viajó a París en 1968. Esa otra ciudad que en principio lo acogería por sólo seis meses, finalmente lo hizo por el resto de su vida y fue desde Francia que Saer produjo la mayor parte de su obra, incluso trascendió las fronteras que catalogan a un autor de “poeta”, “novelista”, “cuentista” o “ensayista” ya que en su obra se encuentra toda esta diversidad de géneros: escribió doce novelas, cinco libros de cuentos, cuatro de ensayos y uno de poemas. Sin embargo, nunca dejó de escribir en castellano, (a mano y en cuadernos rayados): “A veces pienso, sobre todo estos días, que el hecho de haber querido escribir era una forma de apropiarme, a causa del idioma extranjero de mis padres, de ese idioma hablado a mi alrededor”.

Cuenta Laurence Gueguen, quien fue su última compañera, respecto al acto contemplativo que precedía al acto de escribir en Saer: “Podía pasar horas en una ventana, mirando un pájaro. De pronto se reía solo. Seguramente acababa de tener una de esas iluminaciones. Tiempo después, el pájaro aparecía en sus textos. O pasaba horas sentado en un sillón, mirando el techo. ¿Quién podría haber pensado que trabajaba? Sin embargo, vivía en una especie de observación permanente, de introspección o de comunión con el mundo que lo rodeaba. Todo le servía, todo era materia literaria.”

La coherencia ideológica también fue una cualidad que lo caracterizó, es así como no quiso hacerse amigo ni de la industria editorial ni del mercado literario, y concebía a la escritura como “un proceso lento, de reflexión y de transformación. Tan intenso era para él, que naturalmente desdeñaba a todo aquel que había conocido una gloria fácil.” Del mismo modo encontraba en la idea de público y lector dos categorías antagónicas: “hay un acto de inteligencia entre el verdadero lector y el verdadero escritor, la diferencia está, además, en que cuando se trata de arte verdadero es el lector el que va hacia la obra y no la obra hacia el lector, en el mundo industrial es la obra la que va hacia el lector por medio de la publicidad. Además, en el mundo del mercado no se trata de lector sino de público, el público es una masa anónima indiferenciada que no sabemos bien de qué está compuesta, en cambio el lector es un individuo que elige cada uno de los textos y ese selector es el que va difundiendo la cultura, no el público, el público ahoga la cultura, el público quiere la repetición, el eterno retorno de lo idéntico.”

(*) Periodista, integrante del Centro de Integración Latinoamericano y Caribeño (CILC)

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