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Migrantes: la realidad supera a la ficción

Por Juan Ignacio Ruíz (*).- El miedo, la violencia, la desesperación, el hambre, la pobreza son reales, bien reales. Esa realidad aterradora no necesita ser aumentada, es lo suficientemente explícita como para empujar a cientos de miles de personas a alejarse de sus hogares y empezar un derrotero de días, semanas o meses, de kilómetros o millas náuticas, no exentos de más hambre, sed, maltratos y vejaciones, con la esperanza de procurarse para sí y sus familias un futuro mejor.

A los migrantes de este mundo no les hace falta la realidad aumentada. Ya han tenido suficiente. No tienen la cara detrás de un teléfono inteligente buscando pokemones. Intentan, ni más ni menos, dejar de ser explotados, reciclados y vueltos a explotar en un sinfín de giros macabros que no son ni por asomo obra de la casualidad o la mala suerte.

Aquellos que emigran hambreados y empobrecidos hasta superar los limites de la dignidad humana ya han sido explotados una vez, al ser pobres para que otros pocos puedan ser ricos.

Los que además escapan de guerras civiles, invasiones, operaciones político-económico-militares a baja o gran escala han sufrido otra vuelta de tuerca en su condición de pobres: también han sido utilizados como conejitos de indias de la industria armamentista, de la geopolítica del miedo.

Pero para escapar de la miseria y de la guerra hay que tener los medios. La mayoría de estos migrantes entregan lo poco que tienen y ponen su vida y la de sus familias en manos de otra mafia: la del tráfico de personas. Así se hacen a la mar par llegar desde África y Asia hacia Europa, o treparse a un tren para cruzar Centro América y llegar a Estados Unidos. Se pueden multiplicar los ejemplos. Algunos migrantes llegan, muchos otros quedan en el camino, dejados a morir en un desierto, el mar abierto o dentro de algún container a la vera de un camino.

Los que tienen la fortuna de llegar vivos a sus destinos aún tienen mucho por delante: vivir a escondidas, con trabajos mal pagos y con pocas posibilidades de insertarse plenamente en sus nuevas sociedades. De paso, casi por el mismo precio, son el cuco que viene a sacarle el trabajo a los locales. Además sobre todo aquellos que llegan a Europa, potenciales terroristas.

En este escenario los partidos de derecha endurecen –aún más- sus discursos racistas y xenófobos aglutinando, por miedo o por convicción, a buena parte del electorado, que está dispuesto a resignar casi todo con tal de sentirse seguro, en el Primer Mundo nuevamente.

En este escenario en el que el miedo se convirtió en un gran negocio, son y serán cada vez más los que huyan de sus lugares de origen buscando un destino mejor. En el camino, y al final del mismo, los dueños del miedo estarán esperando para tenderles una nueva trampa.

(*) Periodista

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