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Urgente y necesario combatir la pandemia neoliberal

Por Martins Morim (*), desde Lisboa.- Quien mira a la gente en la calle, en Lisboa, puede llegar a pensar que la vida volvió a la normalidad. Pura ilusión. Precisamente en uno de los barrios de la capital portuguesa y en algunos municipios de cercanías hay suficientes motivos  para preocuparse. Lisboa y el Valle del Tajo es actualmente la región del país con más casos de Covid-19.

El retorno a la normalidad será lento. En Portugal y no solamente. Por toda Europa, los brotes han aumentado y han ejercido presión sobre algunos países para reintroducir medidas del confinamiento o para convertirse en el uso de mascarillas obligatorio, por lo menos en comercios y locales públicos. Pero a estas medidas de protección parecen ya adaptados los europeos. Difícil, si, será adaptarse a los cambios profundos que amenazan transformar la sociedad como resultado de la covid-19.

Cada era de la economía enfrenta un nuevo desafío. Después de los años 30 la tarea era prevenir depresiones. En los años 70 y comienzo de los 80 el santo grial era poner fin a la “Estanflación”, una situación simultánea de estancamiento de la economía y altas tasas de inflación. Por eso, defienden unos cuantos teóricos que los decisores políticos deben aprender hoy cómo manejar el ciclo coyuntural y combatir la crisis financiera sin una toma de posesión politizada de la economía.

Estamos viviendo una crisis sanitaria, económica, social y psicológica. Una crisis muy diferente de otras grandes crisis anteriores. La de 2008-2011 constituye un ejemplo paradigmático de una crisis cíclica: después de la destrucción de miles de bancos, de compañías, de fábricas y de millones de puestos de trabajo, la economía del casino global abrió de nuevo puertas con las mismas reglas de antes: ningunas. Ya la gran depresión de 1929 es un buen ejemplo de una crisis estructural: el capitalismo tuvo que reinventar sus reglas apropiadas para asegurar la subsistencia histórica. Sin una profunda intervención keynesiana del estado en el modo de producción, la crisis estructural de 1929 se habría desarrollado para una crisis propia del sistema.

Parece ser consensual que la crisis COVID-19 exhibe fragilidades bien profundas y que la respuesta tendrá que ser más estructural, disruptiva y de un período de largo plazo. En Portugal el virus ha matado cerca de 1800 personas -hasta el momento de esta publicación- y ha destruido dos años de crecimiento y una alianza política progresista de izquierda.

Un estudio de los investigadores suizo Nir Jaimovich y canadiense Henry Siu llegó a una conclusión misteriosa: la recuperación económica que sucedió a la crisis 2008 no correspondió a una recuperación de los puestos de trabajo. Y un otro estudio, pedido en 2016 para los miembros de consejo económico del entonces presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, lanzó una cierta luz sobre lo que estaba pasando: el 83% de todos los trabajos remunerados con menos de 20 dólares a la hora corrían fuerte riesgo de ser sustituidos por “máquinas”.

El capitalismo siempre se reinventó y es posible que la actual pandemia pueda ser el disparador histórico para los grandes cambios que hace décadas vinieron siendo parados. Un estudio de la universidad de Chicago concluyó que el 42% de todos los despidos motivados por la pandemia del COVID-19 darán lugar a pérdidas permanentes de puestos de trabajo. Y ahí está un motivo para tanto miedo en todo el mundo. Es que una rebanada de león de estos despidos corresponde al sector de los servicios que representan hoy en día 70 por ciento del producto mundial bruto. Y la pandemia creó la oportunidad ideal para la digitalización de la parte sustantiva de estos servicios. Una digitalización que no tendrá vuelta atrás.

No es de creer que la robotización será combatida como lo hicieron los luditas en el siglo XIX destruyendo máquinas durante la Revolución Industrial. Las máquinas que robaban trabajo a los artesanos y les sustraía salario. Pero el deseo de robotización es tan antiguo como el capitalismo global, que ahora no sabe qué hacer con miles de millones de desempleados en todo el mundo, «inútiles», como les llamó el profesor de Historia israelí, Yuval Harari. 

A propósito, el periodista portugués, António Santos, escribe en el periódico online Abril, Abril: ¿Vivirían de apoyos sociales incondicionales? ¿Se rebelarían? ¿Exigirían la propiedad de las máquinas que todo genera? ¿Qué podremos llamar, en términos marxistas, a estos “inútiles” cuya explotación no es ya necesaria o a este sistema donde el más-valor no se extrae ya del trabajo de la otra gente?

La digitalización que viene es el corolario histórico de la financiarización de la economía por el capital ficticio y monopolista. ¡Importa por eso, como dice un gran amigo, antiguo director de la Facultad de Deporte de la Universidad de Oporto, «sacar las debidas conclusiones para salir de la pandemia neoliberal y edificar otra ‘normalidad’! Para eso, hay solamente una vacuna: nuestra voluntad.»

(*) Periodista.

Sobre Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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