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De la utopía a la realidad

Por Salvador del Río (*) y Rosa María Holguín (**), desde Ciudad de México.- En tiempos de crisis la imaginación es más efectiva que el intelecto, escribió Albert Einstein, el hombre que provocó el caos de la desintegración del átomo y obtuvo de él el orden de la poderosa fuerza nuclear. De toda crisis la Humanidad ha extraído nuevas formas, nuevos mecanismos que, si en principio han señalado caminos de equidad, igualdad y justicia, han terminado acaparados, monopolizados por el egoísmo y la codicia.

El mundo vivirá cambios profundos en la relación entre los hombres, los pueblos y las naciones, se conviene en afirmar, una vez terminada la pesadilla de la pandemia del Coronavirus que indefectiblemente llegará, no se sabe cuándo. Nada será igual, aunque la definición de esa transformación no es clara. Pero la fuerza de la imaginación, el talento y la voluntad a los que se refiere Einstein podrán hacer patente la posibilidad de una nueva sociedad una vez vencido el inasible enemigo.

El Covid-19 pone a prueba a gobiernos, sistemas políticos, económicos y sociales en el mundo. La justeza, las debilidades, los errores salen a la superficie en la conciencia colectiva. El cambio es inevitable, pero la pérdida de vidas, la recesión y la inestabilidad económica lo prolongará y hará difícil su solución.

Faltará la iluminación de la voluntad, la imaginación y el talento para entender que se estará en el umbral de una sociedad que deje atrás la intolerancia, la explotación de las mayorías por las minorías que a través de la historia han regido esa relación. Debe entenderse que en la comunidad mundial la convivencia pacífica, civilizada y solidaria entre diferentes es posible; que los recursos generados por el esfuerzo, el saber y la experiencia de la Humanidad pertenezcan a todos por igual; que la ciencia, la tecnología, la información no se conviertan en mercancía monopolizada por el más fuerte, sino que estén al servicio y para el disfrute de quienes nos los han hecho realidad; que las diferencias entre hombres, grupos, países, ideologías, organizaciones sociales unan en vez de separar; que cada quien, en lo personal, en lo colectivo, en su comunidad o entre naciones escoja su camino en plena libertad sin recibir el castigo del aislamiento, el bloqueo, la proscripción por ser como lo haya decidido.

Hay ejemplos tangibles de las perspectivas de un nuevo orden social, económico y político que habrían de servir para su conformación.  La ciencia terminará por derrotar al virus cuya aparición, contra lo que algunos sostienen, no es culpa ni responsabilidad de un país, un grupo racial ni un sistema de gobierno. Vencida esa molécula amenazante, el remedio que la derrote no debe ser objeto de explotación económica, sino que habrá de ponerse al alcance de la humanidad entera, sin patentes de exclusividad, plazos para el aprovechamiento de sus rendimientos económicos ni instrumento del egoísmo.

Lo mismo habría de ser con todos los avances producto de la tenacidad y del talento del ser humano. Se preguntará si esa nueva sociedad es una utopía. Sí lo es en tanto el genio y la voluntad colectiva lo conviertan en realidad.

(*) Periodista.
(**) Secretaria Ejecutiva de la FELAP.

Sobre Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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