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La naturaleza del capitalismo: todos los días son 8 de marzo

Por Lidia Fagale (*).- 8 de marzo. Podría ocupar estas líneas reiterando lo que año tras año -desde hace más de un siglo- miles de mujeres explicaron y construyeron desde el anonimato, la clandestinidad o desde tribunas peligrosamente expuestas al poder real, el significado y origen de este día. Es cierto, su conmemoración ha pasado por distintas fechas asociadas a luchas y tragedias donde las mujeres fueron y son protagonistas.  Esto es lo más trascendente.   

Hoy qué importa ponerse de acuerdo en el origen que pretendió resumir en un día la eterna lucha a favor de la igualdad y la no discriminación de las mujeres del mundo.  

Aunque no se puede desconocer que desde sus inicios tuvo un marcado carácter de clase y socialista, más allá de los distintos recorridos que tuvo hasta hoy, ensanchando sus reivindicaciones y asumiéndose como el resultado de la convergencia de otras luchas que estallaron en la esfera pública en este siglo,  los reclamos de derechos y prácticas reivindicativas de lesbianas, travestis, trans, bisexuales y no binaries. El paso desde las militancias feministas a una multiplicidad de prácticas  de disidencia de género y de guerrilla sexual pusieron en cuestión las técnicas de producción de la diferencia sexual y sus instituciones de reproducción cultural (Preciado, 2011) y también se ensamblaron con prácticas políticas y sociales que en el caso de Latinoamérica (y otras partes de este mundo) colaboraron en poner más en evidencia los distintos rostros de la violencia en nuestras regiones dependientes e incididas por políticas imperialistas.

No es menos cierto que durante las últimas décadas, el feminismo se ha visto desbordado por un conjunto de prácticas de crítica de las normas de género, raciales y sexuales, que han puesto en cuestión la univocidad del sujeto mujer como referente natural de su proyecto de transformación social sumándose los reclamos de derechos de lesbianas, travestis, trans, bisexuales y no binaries. De este modo el horizonte utópico y emancipador se ensanchó y sumó el protagonismo de nuevos sujetos/as/es.

A lo largo de este tiempo, la vida de muchas de elles se interrumpió y se sigue interrumpiendo sin respuestas, sin justicias. No bastó el voto femenino, no alcanzó morirse una y mil veces aplastadas por la moralina, la ignorancia, la cruz y la espada, bajo los oscuros pensamientos de Dios, Patria y Hogar, o la violencia machista que siguen tan vigente en la cultura global. Tampoco se detiene la ola de violencia contra los sectores más vulnerables de la sociedad, a pesar de las nuevas normativas que reconocen diversas identidades sexuales.

No alcanzan las promesas de tiempos parlamentarios inversamente proporcionales a la velocidad en la que se aplazan derechos mientras se entierran los cuerpos, desangrados, descuartizados, silenciados, discriminados.

No alcanzan las artimañas, los atajos y la construcción de  discursos que “tolera” el poder para encontrar presuntamente  las fisuras, el momento táctico, que permitan colar las utopías tantas veces negadas. 

Sí, sigue habiendo urgencias que explotan en los cuerpos de miles de mujeres y en los cuerpos de diversos grupos sociales. Discriminación, censuras, opresión…son el alimento cotidiano para construir una subjetividad que intente justificar la invisibilidad de miles de seres humanos y fundamentalmente la naturaleza estructural de un sistema que genera rutinas de violencias varias.   

No alcanza contar la historia y las historias que concurren a la cita del 8 de marzo como un ritual calendario donde recibimos flores en nuestras tumbas o en nuestras manos, mientras de vez en cuando el sistema ensancha su marco normativo para actualizar sus objetivos y sus nuevos modos de explotación material y subjetiva.

A esto se refería Carlos Marx en el primer volumen de El Capital  “Por eso, el trabajo de las mujeres y los niños fue la primera palabra de la aplicación capitalista de la maquinaria. Este poderoso sustituto de trabajo y de obreros se transformó inmediatamente en un medio para aumentar el número de asalariados, colocando a todos los miembros de la familia obrera, sin distinción de sexo ni edad, bajo el dominio inmediato del capital. El trabajo forzado al servicio del capitalista usurpó no sólo el lugar de los juegos infantiles, sino también el trabajo libre dentro de la esfera doméstica, dentro de los límites morales, para la propia familia” (C. Marx, El Capital. Madrid, Akal Editor, 1976, Vol I, Tomo II, pág. 110).

El factor de clase potencia los efectos de las opresiones patriarcales y de todas las opresiones. Una variable que nunca debemos olvidar.

Todos los días desde hace más de un Siglo son 8 de marzo. En tanto, su salida del calendario mundial deberá esperar la desaparición del Capitalismo. Una cosa va de la mano de la otra. ¿O no?

(*) Secretaria General de la UTPBA.

Sobre Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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