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Foto: Aldana Pérez

“Pueblo es una palabra que tenemos que volver a pronunciar”

Por Leticia Amato (*).- Ángela Pradelli es escritora y docente. Investigadora infatigable de los procesos de lectura y escritura en los distintos espacios del quehacer social. Sus libros de poemas reúnen formas sutiles e imágenes de honda calidez. Es coordinadora del libro colectivo sobre violencia machista ¿Por qué llora esa mujer? y su última novela, La respiración violenta del mundo, fue traducida al chino este año.

-¿Sirve para algo la literatura?

-Esta pregunta me resulta incómodo contestarla sin hacer la aclaración que el verbo servir tiene lo suyo y parece que la literatura tuviera que dar respuestas pragmáticas. Fuera de esto, creo que la literatura me dio todo lo que soy. Desde chica empecé a leer de distintos modos y estoy convencida que la lectura y la escritura pueden cambiarle la vida a una persona totalmente.

-Cuando en un reportaje le preguntaron a Ricardo Piglia qué leía, él contestó que era muy arbitrario porque creía que un escritor no tiene que abarcar todas las lecturas sino leer sólo aquello que lo ayuda a escribir.

-Esto que dice Piglia me toca muy de cerca porque una de las cosas que más me mueven a la escritura, es la lectura. Claro, no toda la lectura, pero cuando algo que leo me gusta mucho me dan unas ganas tremendas de escribir, cuando algo en la lectura me hace muy feliz, me mueve a la escritura. Recuerdo que Piglia también decía que si se pudiera hacer un corte transversal de la tierra durante un día, como hacen con la corteza de los árboles en los libros de botánica, observaríamos que a todas horas del día, en todo el mundo, siempre hay una persona narrando una historia, y otra escuchando lo que aquella tiene para decir. Sostenemos este mundo y, a su vez, nosotros nos sostenemos en él a partir de una red infinita de historias que podemos contar, de ese tejido tan fundamental de relatos. Esta idea a mí me encanta. Entonces, cuando se comprende esto, tal vez el modo en que contás algo y escuchás lo que el otro relata, va a cambiar. Desde su densidad, espesor, importancia, los tonos, porque parte de la responsabilidad de que el mundo siga en pie es tuya a través de ese relato que estás organizando. Era genial Piglia. 

-Si existiera la posibilidad de viajar en el tiempo, fantasías del ser humano de todos los tiempos, ¿a dónde irías?

-Viajaría a mi infancia. La tengo muy pegada, muy presente todo el tiempo, cerca. Iría al Río Negro de Villa Regina donde pasábamos varias horas. Una vez Antonio Dal Macetto me dijo algo que fue como una moneda de oro que depositó en mi mano y siempre que tengo oportunidad la paso: una tarde me llamó por teléfono, porque siempre andaba con la preocupación de que no tuviera nada para escribir, y me preguntó: -¿Ángela, estas escribiendo? -Por ahora sí- le contesté. -Bueno, cuando no tengas nada para escribir, vos rasca en el fondo de la olla. -¿Qué hay en el fondo de la olla Antonio? -La infancia. Muchos pensamos que todo lo importante pasó en la infancia.

-Si diez años atrás alguien te hablaba de China, incluso te vaticinaba que, al menos, una de tus novelas sería traducida y leída en ese país, ¿qué pasaba por tu cabeza?

-Para mi hace diez años China era algo muy lejano. Era un lugar al que nunca pensé que podría ir, por una cuestión de posibilidades. Y al mismo tiempo me pasó algo muy particular porque había leído tanta poesía china desde siempre que cuando en 2016 llegué a China, no la sentí para nada ajena. Escuchaba a menudo expresiones como “qué extraño ese país”, “qué raros los chinos, la cultura china”, sin embargo me manejé con una comodidad y naturalidad enormes, no me parecía haber llegado a un lugar en el que nunca había estado ni estar hablando con gente que veía por primera vez. Y eso te lo dan los libros, entras en la sensibilidad de un país a través de su poesía.

Si hay algo que noté especialmente en los jóvenes con los que me vinculé durante el tiempo que estuve en China, es que tienen un interés muy grande en escribir sobre aquellas cosas importantes, y esas cosas ellos saben que pasaron en la infancia. La necesidad de escribir una parte de la vida que está tan cercana para ellos, gente de veinte años, que sin embargo me parecía que hubiesen tomado una distancia y una perspectiva que les permite ver la importancia de los días de la niñez.

-El año pasado circuló una foto en la que se observa a un joven estudiante en un aula apuntándole con un arma (que luego se supo que era de juguete) a una profesora. Desde tu mirada y ejercicio docente, ¿qué reflexión te merece esta imagen?

-Es una escena de mucha violencia, impacta. ¿Por qué la escuela no va a tener estos picos violentos si la sociedad está así? ¿Por qué pensamos a la escuela como una capsula en la que no ingresa nada de lo que ocurre afuera? La escuela está habitada por los mismos habitantes que circulan por el resto del mundo. Ahora, también me parece que el hecho de que existan algunos o varios alumnos que son violentos, con sus compañeros, con sus profesores, no puede abarcar a la totalidad de los chicos. Algunas escenas son aisladas pero por la contundencia que tienen nos llevan a pensar que las cosas son de un modo que no lo son. La imagen es estremecedora, pero de ninguna manera eso es lo que pasa en las aulas. No estoy diciendo que la escuela sea un jardín florido, la escuela es compleja, es difícil, hay tantas cosas para hacer, pero hace años escucho exactamente lo mismo: “nunca estuvimos peor que ahora”…”ya no se puede trabajar en la escuela” y demás frases similares, y no es así. Hay muchos jóvenes esperando que sus docentes  les enseñen, que lean y escriban con ellos.

-Las nuevas tecnologías en el plano de la comunicación, el entretenimiento, la salud, parecen advertirnos que el mundo está cambiando. ¿Cómo te lo imaginas dentro de 100 años?

-No creo que la tecnología nos instale en una soledad más sola de la que la soledad es. No veo nada malo en la tecnología. Veo gente que está muy sola pero no porque tenga un teléfono celular, sería muy fácil resolver ese problema pero no me parece que pase por ahí la angustia. No veo las relaciones sociales afectadas por el uso del teléfono, al contrario, veo gente que no se comunicaba con nadie y ahora, aunque sea, escribe y manda mensajes por teléfono. La única cosa en relación al uso de la tecnología que me preocupa es que los chicos están quietos, que falta el juego corporal en la infancia, embarrarse, ponerle el cuerpo. Ese no es un problema de los niños, es un problema de los adultos que no soportamos el descubrimiento, la curiosidad, las preguntas, el juego, es decir, todo aquello que, en definitiva, es la infancia. Fuera de esto, no tengo ningún prejuicio con la tecnología, más bien todo lo contrario.

-¿Te parece que es posible transmitir la felicidad de la lectura?

-Yo creo que sí, esa felicidad es observable, es visible, el cuerpo la transmite incluso a pesar de una. Recuerdo cuando mi hija invitó por primera vez a casa a compañeritas del jardín, les preparé la leche, después fueron a jugar y yo me quedé leyendo. Las nenas pasaban y me miraban, hasta que mi hija les avisa “es muy leyona, pero es buena”. En las escuelas pasa esto, los chicos advierten la felicidad que vos estas sintiendo, como también advierten cuando no la sentís -y es una catástrofe- y así muchos van en busca de esa felicidad de los libros.  

-Contanos de qué se trata Por qué llora esa mujer…, el nuevo libro del que, junto a otrxs escritorxs, también sos autora.

-¿Por qué llora esa mujer? es un libro colectivo y de acceso libre y gratuito (https://drive.google.com/file/d/1f-q3sRHBN1tHQba-OZUjooHpE-yeIyaI/view), que recoge una serie de testimonios de mujeres que han sido víctimas de violencia machista o aún permanecen sometidas a violencias cotidianas en la Argentina.

El proyecto comenzamos a trabajarlo hace tres años, con Alejandra Correa y un grupo de gente que se fue acercando, a partir de una convocatoria que motorizamos en un blog y en grupo de Facebook. Luego buscamos espacios íntimos de conversación con esas mujeres que quisieron brindar su testimonio oral y nosotros los escribimos guardando la mayor fidelidad posible. Nuestra guía, de algún modo, en la forma de acercarnos a tomar los testimonios, fue Svetlana Alexiévich. En algunos casos narramos nosotras las historias, otras veces conectábamos a la persona con un escritor o escritora que narraba el testimonio. En el camino pasaron muchas cosas, hubo mujeres que se arrepintieron de contar su historia y también hubo quien decidió no esconderse y firmar con su nombre su propio testimonio.

Creo que cuando comenzamos a trabajar en el proyecto no sabíamos la dimensión real que iba a adquirir. Por momentos fue muy duro, muy intenso y también muy necesario porque las mujeres tenían que contar estas historias porque en esta sociedad es un tema tremendo. Me duele encontrar mujeres que apoyan la violencia machista, que desconfían de la víctima, me cuesta tolerarlo. Muchas docentes son machistas y eso se transmite hasta en los gestos, en los discursos, en las decisiones que se toman. Pero así y todo tengo mucha fe en las y los jóvenes, creo que este movimiento feminista joven es hermoso, si el mundo va a mejorar, va a ser gracias a ellas y ellos y, por supuesto también, al feminismo que históricamente viene luchando hace siglos, en total soledad la mayoría de las veces.

-¿Sos optimista?

-Bueno, el optimismo tiene diferentes connotaciones, no soy optimista en el sentido bobo de la expresión, pero soy optimista cuando pienso y veo a los jóvenes. Toda mi esperanza esta puesta en ellas y ellos. Pueblo es una palabra que tenemos que volver a pronunciar.

(*) Periodista. Secretaria de Asuntos Profesionales de la UTPBA e integrante de la Secretaría de Juventud y Nuevas Tecnologías de la FELAP.

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