La miseria prima

Pago prorrateados de salarios, salarios abonados en cuotas, rebaja de salarios, despidos, no pago de las indemnizaciones, una propuesta de la cámara empresaria de prensa gráfica que busca cerrar el período 2018/19 llevando a la discusión un insulto disfrazado de porcentaje miserable, más un pedido para que el gobierno atienda su planteo de nuevas reglas de juego –impositivas y convencionales-, usando como escudo el modo en que la situación económica impacta sobre los pequeños y medianos, mientras se preparan para dejarlos morir o absorberlos con todos los  beneficios que hoy son esgrimidos para salvar a los más chicos, siempre con el objetivo nunca abandonado de hacer legal y convencional el sometimiento de los derechos laborales, convirtiendo los vigentes un manojo de disposiciones superadas.

Cómodos y autopromocionados integrantes de la industria del conocimiento, los grupos mediáticos locales recelan, junto a sus pares de la región, de las mega plataformas –a las que pretenden disputarle, por ejemplo, el derecho de autor que le niegan a los verdaderos autores- y lloran ante incautos y cómplices su crisis, en una puesta en escena que insiste en obscenas sobreactuaciones  reiteradas hasta el hartazgo.

Su entrega a las leyes del mercado los lleva, inexorablemente, a afrontar la lógica perversa del sistema que les da vida, el capitalismo, que aunque no se lo nombre, se lo disfrace, se lo invisibilice (convirtiéndolo en algo tan natural como el aire), siempre está. La lógica de que hay pocos, muy pocos, poquísimos ganadores y muchos, muchísimos, infinitos perdedores (a quienes pretenden arrebatar, además, su capacidad de rebelarse, de resistir, de modificar un determinismo que cabalga sobre la opresión de la clase dominante) siempre genera la ilusión de quedar entre los que se salvan (“La sórdida perseverancia con que la miseria prima es manufacturada hasta convertirla en virtud de exportación”, escribió cierta vez  Mario Benedetti. Cierta vez es hace más de 50 años).

Todo el tiempo se rompen los techos de los porcentajes históricos que son la señal de la debacle: inflación, desempleo, producción, dólar, deuda con el FMI, cierre de empresas, exportación, importación, tarifas, son, en conjunto e individualmente, variables que se sufren en lo cotidiano, donde se demuele el presente y el futuro de millones de personas que el capitalismo –y sus representantes en estas tierras, como el actual gobierno- pretende derrotar, además, en su voluntad de pelear y resistir tamaña masacre que las instituciones del sistema se encargan de garantizar.

Claro que estamos refiriéndonos a prensa, por si algún amigo de lo concreto supone otra cosa. Radio Rivadavia, Del Plata, Canal 9, Crónica diario y Crónica TV, El Mundo, todos los medios gráficos representados por sus cámaras (AEDBA, AAER, AFERA, APTA, Agencias, las punto com,) son los nombres propios de la situación a la que refiere el primer párrafo de este texto. Nombres propios de esta coyuntura, a los que hoy, mañana, pasado se sumarán otros, mientras las condiciones que allí se denuncian sigan siendo las mismas. Hay respuestas y luchas para enfrentar esas condiciones, pero el desafío, que es mayor, lidia con el riesgo supremo de quedarse a la intemperie; en esta intemperie, en la que por estas horas estamos atravesando un nuevo Día del Periodista.

Como pocas veces las empresas, en sus acciones directas, en las presentaciones ante la autoridad administrativa (Ministerio de Trabajo, con sus distintos nombres) y en la justicia, dejaron testimonio claro de su pertenencia incondicional a la clase que dice que el mundo pasa por las empresas y “emprendedores”, y el que no entienda la calidad de subalterno que le corresponde por no formar parte de ese poder que sepa que ahora no sólo lo puede disciplinar un ejército de reserva sino la aplicación de un celular, que, paradójicamente, fue inscripto entre los cambios que benefician a los más modestos (“se han abaratado cosas como los celulares, que era alta tecnología inalcanzable para la clase obrera”, según el experto en trabajo y tecnología Carl Benedikt Frey dijo a La Vanguardia, de España, alejado de toda ironía e imbuído de una convicción tétrica). Para no hablar de robots y máquinas, que según el mismo especialista andan en otra  cosa: “Hoy en lugar de programar la máquina para que haga lo que queremos es la máquina la que anticipa lo que haremos”. Pero Frey no quiso que quedaran dudas y fue por toda la cuenta: “la tecnología generará otros empleos, pero la espera puede durar toda la vida del despedido”.

Toda la vida del despedido. Una obsolescencia programada para la humanidad, que  celebró, por ejemplo, la llegada de internet y que creyó, al decir de otro  especialista en la materia (Tim Wu, uno de los 100 abogados más influyentes de EE.UU.) que “iba a democratizar el mundo”, pero, reflexionó en una entrevista, “pasaron algunas cosas”, como “un ascenso y consolidación de una pocas compañías con mucho poder; un auge de desinformación política”. El motivo de esto último, siguiendo a Wu, fue que “hubo un exceso de idealismo…Fuimos demasiado optimistas y poco realistas”.

Una pena. Pero que a nosotros no nos cuenten formando parte de ese “exceso de idealismo” ni formando parte de optimismos y realismos que se disparan desde el poder económico transnacional y su creación principal en esta etapa de la historia (la armamentística ya la conocíamos): la industria del entretenimiento y la “comunicación”.

Hemos sido refractarios a las ingenuidades, a la aceptación acrítica de paquetes novedosos con el éxito garantizado. Así como no nos penetran las lecturas históricas de los que ganaron ni de los que, proclamando la existencia de otra historia, la de los que luchan, se la cargan completa en su haber, pasando liquid paper encima de huellas de peleas que no consideran propias; e, incluso, en las que no participaron.

“Tenemos un sistema de contrataciones, despidos y judicialización, de costos extra salariales que impiden el crecimiento de empresas formales”, aseguró días pasados Dante Sica, Ministro de Producción y Trabajo y reconoció que estaban “avanzando” en un acuerdo con el sector audiovisual, con el que se estaría armando un convenio especial “para captar la revolución de ese sector”. Se confirman los principales activos sobre los que pivotea el capitalismo tecnológico de punta: los datos y la atención humana “que se traduce en cuanto tiempo recibís del otro. No tenemos otra cosa para dar…cada segundo hay alguien peleando por tener tu atención: en el teléfono, en tu computadora, alguien está peleando duro por tenerla” (Wu, dixit). Para eso, consecuencia inevitable, se necesita de un trabajador de prensa a disposición de la empresa los 365 días del año, sin jornada laboral, sin francos fijos, con vacaciones decididas por la empresa, sin adicionales, que sea capaz, en su polifuncionalidad mas exacerbada, hasta de limpiar su lugar de trabajo.

Desde la medicina el doctor Daniel Flichtentrei, en un artículo que publicó Ñ, sostiene que “la lógica de la acumulación ha invadido como una metástasis el ámbito del conocimiento. Aparece como razonable la ingenua ilusión de que saber significa acumular datos”;  y desde la literatura la española Belén Gopegui define que “a medida que el conocimiento se convierte, cada vez más, en un factor determinante en la producción, el sistema capitalista reacciona intentando a su vez convertir el conocimiento en propiedad privada; y si bien hay que tener en cuenta que, en comparación con la tierra y los bienes de capital, el conocimiento resulta algo más difícilmente apropiable, lo cierto es que su uso está siendo objeto de una especie de nueva acumulación primitiva”.

Alejados de los centros de decisión económica, política y geoestratégica del poder mundial –que cedió territorialidad, ampliándola, a las llamadas “plataformas”- los grupos mediáticos, socios menores de ese mundo sin gente y con datos, reproducen los nuevos patrones de acumulación a escala país en riesgo, mientras un gobierno demasiado preocupado en cuestiones electorales busca entusiasmarlos –en aquella parte que a ellos les toca- con su apuesta por la industria del conocimiento, que promete 200 mil nuevos puestos de trabajo para la próxima década y calla el número de despidos que eso provocará. O sea, el número de los que deberán esperar hasta morir.

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