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No es crisis, se llama capitalismo

Por Ana Villarreal (*).-Ningún ser humano escapa a las condiciones de fragilidad de la vida en el planeta. Producto de la dinámica capitalista, miles de hectáreas de tierra, que podrían utilizarse para la producción de alimentos, dejan de ser fértiles y nunca más podrán recuperarse para el ecosistema. En los océanos se verifica el agotamiento de nutrientes. En simultáneo,  las aventuras guerreristas, de la mano de los brutales bloqueos a países, por parte de los Estados Unidos y los planes económicos aplicados por la mayoría de los gobiernos, llevan a la muerte a millones de personas, minuto a minuto.

Sobran indicios sobre la extinción de la vida en la lógica de acumulación capitalista. En el caso de los suelos, no se los usa, se los explota. Y explotar es destruir, amenazando cada día más la seguridad alimentaria.

Ya en 2015, varios científicos alertaron en el Año Internacional de los Suelos que el 33 por ciento de la tierra en el planeta se encuentra altamente degradada, debido a la erosión, salinización, compactación, acidificación y la contaminación química.

Con relación a la acidificación, está totalmente comprobado que es uno de los obstáculos más decisivos en la producción de alimentos. Y de todo el mundo, las capas arables más ácidas se encuentran en América del Sur, como consecuencia de la deforestación descontrolada y las prácticas de la agricultura intensiva.

En Argentina se desforesta el equivalente a la superficie de una cancha de fútbol por minuto. Desde 2001 está entre los 10 países que más ha deforestado en el mundo. Según un informe del Banco Mundial, el país perdió entre 2001 y 2014, más del 12 por ciento de sus zonas forestales.

En Argentina, la soja ocupa el 70 por ciento de la superficie de tierras que existen para cultivar. Se sabe que la siembra de esta leguminosa origina la extracción de minerales esenciales de los suelos, que no se recuperan nunca más, a lo que debe adicionarse el perjuicio de la utilización del glifosato como asistente químico en el cultivo de la soja transgénica.

Hace unas horas, un informe de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, da cuenta de la disminución inminente de los volúmenes de pesca en Chile, Perú y Ecuador. Las consecuencias del cambio climático se verifican en la baja general de la abundancia de fitoplancton y zooplancton como resultado de un agotamiento de nutrientes a gran escala en el agua superficial. El mismo organismo advierte acerca de “un efecto social negativo a corto plazo”.

Mientras se asiste a estas prácticas criminales promovidas por quienes se consideran dueños de las ideas y los recursos, son escasos los planteos que escapan a escenarios movidos más por las urgencias de calendarios electorales que por la búsqueda de alternativas para enfrentar a un sistema de concentración de riquezas cada día más abusivo y mortífero.

Esta realidad ha sido advertida recientemente por el dirigente brasileño Leonardo Boff, “la gran mayoría de los partidos de la izquierda de América Latina -dijo- se manifiestan contra el neoliberalismo y las políticas de ajuste, pero no están en contra del capitalismo”.

En su observación, Boff subraya que “el sistema de mercado explota de tal manera a la naturaleza que la tierra ya no aguanta más. No alcanza a reproducirse, hemos llegado a la sobrecarga del planeta. El ritmo de producción es tan grande que no llega a cumplirse el ciclo. La tensión sobre la vida en la tierra llegó a su límite. Éste es el verdadero peligro”.

(*) Periodista. Miembro de conducción de la UTPBA

 

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