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Philip K. Dick. O cómo entender un mundo que no tiene sentido

Por Leticia Amato (*).- ¿La literatura de ciencia ficción, en ocasiones, nos adelanta un futuro posible? ¿La ciencia es una fuerza necesariamente positiva para el progreso de la humanidad? ¿Los autores de ciencia ficción avizoran los cambios que el avance de la ciencia y la tecnología traerán a la vida de los hombres?

Las respuestas a estos interrogantes pueden ser afirmativas y negativas, al mismo tiempo. Y si de la cuestión del tiempo se trata, se nos presenta un autor que, en el ámbito de la literatura de ciencia ficción, es tan ineludible como, a veces, inexpugnable: Philip K. Dick.

Philip Kindred Dick nace en Chicago, en  1928 pero a los pocos años, junto a su madre, se muda a Berkeley, ciudad de extensa tradición cultural e intelectual dada, principalmente, por la usina de formación académica que proporciona la prestigiosa Universidad de Berkeley.

Durante su juventud, al igual que toda su generación, se ve signado por las secuelas que dejó la II Guerra Mundial, motivo por el que Dick se identifica en aquella etapa de post guerra con movimientos pacifistas y contraculturales que, desde el propio corazón del imperio, se oponían al avance de la industria armamentística, a la intervención militar de Estados Unidos en América Latina y a la guerra contra Vietnam.

El hombre en el castillo. 1962.

La amenaza constante de un futuro desbastado por posibles guerras nucleares forjaron en la generación beat y en el propio Dick un fuerte rechazo a la política guerrerista de Estado Unidos, al tiempo que alimentaron corrientes filosóficas de índole humanista y existencialista, temas éstos sumamente ostensibles en las obras dickeanas. Así pues, en especial sus primeros textos, son un fiel reflejo del espíritu pacifista aunque convulso que primaba entre las décadas del `50 y `70.

En efecto, el profundo carácter metafísico que poseen los textos de Philip Dick es, tal vez, el rasgo que distingue a su literatura del resto del universo de la literatura de ciencia ficción.

Aunque rechazaba enérgicamente la creencia general de que la ciencia ficción es para adolescentes o público de escuela secundaria, Philip K. Dick comienza su carrera de escritor -al igual que London, Wells, Bradbury, Lovecraft, y tantos otros- publicando relatos de realidades futuristas en revistas “pulp”, de habitual consumo para los amantes de la ciencia ficción.

Su formación literaria estuvo marcada por la lectura de novelas modernas japonesas y, fundamentalmente, de autores franceses del siglo XIX, como Balzac, Flaubert, Sthendal, Proust, incluso novelistas rusos influenciados por el realismo francés. De hecho, el modelo de la novela realista francesa del siglo XIX fue su norte a la hora de escribir, por lo que no sorprende el dato de que su obra fuera mejor recibida y difundida en Francia que en su país natal, donde durante mucho tiempo encontró serios obstáculos para publicar.

“Me hubiera sido imposible continuar mi carrera como escritor de ciencia ficción si no hubiera sido por el apoyo, financiero y espiritual, del público y los editores franceses. Los americanos son anti-intelectuales, no están interesados en novelas basadas en ideas y la ciencia ficción es, esencialmente, el campo de las ideas. Ideas imaginativas y conceptos intelectuales.” (Dick, 1977)

Tiempo de Marte. 1964

¿Qué es lo humano? ¿Cuál es el límite de esa categoría? ¿Cómo funciona el tiempo? ¿Existen realidades paralelas? son algunas de las preocupaciones que plantean las novelas de Dick a través de personajes cuyas psiquis suelen estar gobernadas por fuerzas encontradas y en constante pugna. Se trata de seres alegres, ingenuos o despreocupados hasta que la percepción de la naturaleza flexible de la realidad comienza a atormentarlos. De golpe, nada es lo que parece y se intuye que bajo la superficie de esta realidad subyace otra, acaso tanto o más real que la presente, donde ya la realidad real y la realidad virtual se desdibujan.

Las tramas de sus textos están compuestas también de visiones premonitorias causadas por drogas alucinógenas, intrigas empresariales y abuso policial. En este sentido, Dick manifestó públicamente su miedo permanente a ser arrestado por la policía norteamericana, sobre todo durante la presidencia de Nixon, cuando su casa era vigilada noche y día, fue varias veces allanada ilegalmente y le secuestraron tanto libros como manuscritos originales sin llegar a saber nunca de qué se lo acusaba o, al menos, de qué era sospechoso. Por aquel entonces, no faltaron quienes, en detrimento de su obra y su trabajo como escritor, instalaron la idea de que Dick sufría delirios persecutorios, sin embargo, años después de que Nixon fuera destituido, Philip Dick tuvo acceso a los expedientes que la Cia y el FBI le habían abierto, cuya lectura confirmaba que, efectivamente, había sido víctima de persecución ideológica.

 

Por otro lado, la comprobación de que gran parte de la tecnología de vigilancia que imaginó Philip Dick en los `70 se utiliza en la actualidad pone en evidencia que, lejos de sublimar una hipotética paranoia, en sus textos, Dick logra anticiparse con exquisita maestría e inquietante precisión a las graves contradicciones éticas que representan para la humanidad tanto la manipulación científica asociada a intereses comerciales como el avance desenfrenado por inciertos derroteros del consumo tecnológico.

(*) Periodista. Secretaria de Asuntos Profesionales de la UTPBA e integrante de la Secretaría de la Juventud de la FELAP.

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