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Cartas para no olvidar

Por Leticia Amato (*).- John Berger, el gran escritor y pintor británico recientemente fallecido, sostiene que el tiempo pasa y la esencia del hombre permanece.

De A para X, la novela de estructura epistolar publicada en 2008 por Berger, construida a partir del intercambio de cartas que mantienen dos amantes -uno de ellos preso político- presenta una singular dedicatoria: a Ghassan Kanafani

John Berger

¿Quién es este hombre por quien John Berger manifestó en esta y otras tantas ocasiones, una profunda admiración? Junto con las cartas que motivaron su novela, encontradas en una cárcel de algún lugar del mundo, en 1973, John Berger rescata del olvido otra carta, conmovedora y esclarecedora como pocas, aquella que le envía Ghassan Kanafani desde Gaza a su amigo Mustafá, en 1955.

Ghassan Kanafani nació en Acre, Palestina, en 1936 y es reconocido por su pueblo como uno de los periodistas y escritores más prolíficos y, fundamentalmente, más representativos de la literatura palestina contemporánea. Fue autor de las novelas Hombres en el sol (Beirut, 1963), Lo que nos queda (Beirut, 1966) y Umm Sa’d (Beirut, 1969) y Retorno a Haifa (Beirut, 1970), además, escribió más de cincuenta relatos breves e innumerables artículos periodísticos.

La carta de Ghassan a Mustafá comienza así: Mi querido Mustafá: Acabo de recibir la carta donde dices que arreglaste todo para mí en Sacramento. También recibí un aviso de la Universidad de California, informando sobre mi admisión en Arquitectura. Necesito agradecerte por todo lo que hiciste, pero tengo que decir que cambié de idea. Quiero que sepas, mi querido Mustafá, que mi decisión había sido tomada cuando aún no podía ver las cosas muy claramente. Por eso, mi amigo, no te voy a hacer compañía en el “país del verde y de los bellos rostros”, que describiste. Me voy a quedar por aquí. No voy a salir más.

Kanafani nació en el seno de una familia de clase media, sin embargo, en 1948 a partir de la “catástrofe” y con la partición de Palestina, se vio forzado a dejar su tierra natal para, como miles de palestinos, refugiarse al sur del Líbano primero y luego en Siria. Allí comenzó a trabajar como maestro de escuela, profesor de pintura y cursó estudios de literatura en la Universidad de Damasco.

Otro pasaje de la carta de Ghassan comienza a plantear un interrogante que lo atraviesa y que también se aprecia de manera simbólica en los personajes que configuran su primera novela, Hombres en el sol, ¿acaso es posible escapar del horror y vencer el miedo en un contexto de búsqueda individual?: Te he escrito sin parar. La vida era monótona y medio vacía; vivía hecho una ostra. Sofocado por una terrible soledad, luchaba todo el tiempo y veía el futuro tan oscuro como el corazón de la noche. Una rutina insoportable, arrastrada, una resistencia sin fin contra la fuerza del deterioro provocado por el pasar del tiempo. Todo a mí alrededor era vicioso, asfixiante. La vida era apenas la espera viscosa del fin de cada mes. Hacia la mitad del año, los judíos comenzaban a levantarse contra la base de Al Shagiah, y después bombardearon Gaza. Cubrieron nuestra Gaza de bombas y fuego. Estaba casi abandonando para ir a California, vivir un poco para mí después de tantos años de sufrimiento. Odiaba Gaza y a todo el mundo que vivía en ella. Todo lo que existía en esta tierra desolada me recordaba un cuadro pintado, una vez, por un compañero de cuarto en el hospital, todo en tonos grises.

Mustafá, tú comprendes esos sentimientos porque también pasaste por eso. Y, ¿de qué estará hecho ese vínculo misterioso que nos aferra, a pesar de todo, a Gaza y que frena nuestro impulso rumbo a lo desconocido? ¿Por qué no intentamos analizar ese misterio, intentando esclarecerlo? Porque en el fondo de nosotros, ¿no existía la certeza de querer olvidar la derrota y curar las heridas, de querer abrazar una nueva vida, más alegre, sin preocupaciones? 

Hacia 1953, a los 17 años, Ghassan se afilia al Movimiento de Nacionalistas Árabes y más tarde, se suma al Frente Popular de Liberación Palestina, organización de corte marxista-leninista. Al tiempo que se intensifica su actividad política y literaria, se instala en Beirut donde escribirá la mayor parte de su narrativa y participa como colaborador-redactor de diferentes periódicos y órganos de prensa de movimientos de izquierda y de liberación palestina.

Para ese entonces, tal como Kanafani anuncia en su carta a Mustafá, un desdichado acontecimiento familiar contribuyó a dirimir sus contradicciones, causando un profundo y definitivo sentido de la lucha colectiva y la acción para la liberación de su pueblo: No sé exactamente lo que pasó conmigo. Todo lo que sé es que fui a visitar a mi madre un día. Allí, encontré a la viuda de mi hermano, que me pidió, llorando, que atendiese al pedido de su hija Nadia, para verla esa misma noche en el hospital de Gaza. ¿Tú conociste a Nadia, la hija de mi hermano, tan bonita ya con sus trece años de edad? Al final de la tarde, compré una libra de manzanas y fui al hospital. Yo sabía que mi madre y la viuda de mi hermano me habían escondido alguna cosa con respecto a Nadia, algo que no podían decir frente a mí. Me gustaba Nadia como me gustaban todos los niños de esa generación. Niños que habían bebido la leche de la derrota y que se habían acostumbrado a la vida errante; al punto de que una vida sedentaria, tranquila, les parecía una especie de anomalía social. ¿Qué ocurrió en el hospital? Entré tranquilamente en el cuarto blanco. Un niño enfermo tiene algo de santo. Pero, ¿a qué se parece un niño marcado por las crueles y dolorosas heridas? Nadia estaba acostada en la cama, sobre una sábana muy blanca. Sus cabellos despeinados hacían al rostro parecer una joya en una caja de pelos blancos. Había un profundo silencio en los ojos, y noté las lágrimas en el fondo de ellos. Pero tenía la mirada serena, como la de un profeta atormentado. Era aún una niña, pero había crecido mucho en poco tiempo, se podía percibir. (…) ¡Tío! ¿Viniste de Kuwait? Su voz parecía quebrarse dentro de la garganta. Necesitó apoyarse sobre las manos para levantar el cuello en mi dirección. Coloqué la mano en su espalda y me senté en la orilla del colchón:—Traje unos presentes de Kuwait. Muchos presentes, pero voy a esperar hasta que te levantes, que te mejores y vuelvas a casa. Compré un pantalón, aquel pantalón rojo que me pediste, ¿recuerdas? Fue un error que la tensión que venía creciendo sin parar dentro de mí acabó por provocar. Nadia tiritó, como si un escalofrío recorriera su cuerpo. Agachó la cabeza, guardando una calma espantosa. Sentí sus lágrimas en las palmas de la mano. — ¿Qué ocurrió Nadia? ¿No quieres el pantalón rojo? Ella me miró como si fuese a decir algo, pero continuó en silencio. Retiró la colcha blanca para mostrarme la pierna, amputada a la altura del fémur.

Entonces, hacia el final, la carta recobra la fuerza de las convicciones que no se abandonan, revela la imposibilidad de aceptar una salida individual y cifra, ahora sí definitivamente, la esperanza en la lucha por una vida mejor para todos: Mustafá, ya nunca más voy a poder olvidar eso. No voy a poder olvidar la tristeza que a partir de entonces marca todos los trazos del rostro de ella. Dejé el hospital al final de la tarde para salir andando por los barrios de la ciudad, con las manos crispadas sobre el paquete de manzanas. Con la luz del sol que caía, las calles me parecieron bañadas en sangre. Gaza me pareció enteramente diferente de la ciudad que tú y yo conocimos. Las piedras amontonadas a la entrada del barrio de Shagiah daban la impresión de transmitir algo que se me escapaba. La Gaza en que pasamos siete años de tristeza y frustración no estaba ya allí. En su lugar, había una especie de inicio, de muestra de algo que venía desde el frente. (…) Gaza, y todo lo que había en ella, se estremecía alrededor de la pierna amputada de Nadia, gritaba una petición que era más que una petición, era el deseo delirante de dar de vuelta a Nadia la pierna cortada.

Caminé por las calles que el sol aún bañaba. Supe que Nadia había perdido la pierna al intentar proteger a los hermanos cuando su casa se incendió durante el bombardeo. Ella podría haber huido y escapado ilesa. Pero no fue así. ¿Tú sabes por qué? 

No, Mustafá. No voy a Sacramento. No lamento eso. No voy a poder ir hasta el fin de los sueños que tuvimos juntos desde la infancia. Es preciso que dejemos crecer este extraño sentimiento, que ciertamente tuve, como una herida, al dejar Gaza.

Tenemos que hacer que él supere a todos los otros. Busca dentro de ti mismo hasta encontrarlo. Pero creo que tú no podrás reencontrarlo a no ser que lo hagas aquí, en medio de las ruinas de nuestra tragedia.

No voy a partir más. Tú eres quien debe volver. Volver para aprender, delante de la pierna amputada de Nadia, lo que vale la vida, nuestra vida.

Vuelve, nosotros te esperamos.

Ghassan Kanafani, el escritor a quien John Berger dedicó su novela De A para X, fue asesinado junto a una de sus sobrinas, por los servicios secretos israelíes, en Beirut, el 8 de julio de 1972.

(*) Periodista. Miembro de la Secretaría de la Juventud de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP)

Sobre Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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