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Amadeo, Scocco y los golazos

Por Daniel das Neves (*).- Ignacio Scocco acaba de hacer un gol del que se seguirá hablando en días aún porvenir. Su actual calificación de maradoniano o messianico permanecerá hasta que en el tiempo otro crack indiscutido imponga su nombre (o su apellido) a una creación que recuerde cómo se juega a este deporte.

No será Scocco el que logre convertir su apellido en un adjetivo que sea al mismo tiempo homenaje y perdurabilidad futbolera, tal vez la cima del cánon de los cracks de la pelota, así como en la literatura lo borgiano o la cortazareano definen abordajes y calidades. Volviendo rápido al fútbol, el pase bochinesco, con continuidad en el riquelmiano son también antecedentes de destrezas que se identifican con apelativos bien definidos.

El mejor elogio del gol del delantero santafesino surgió de un ex futbolista, cuyas funciones estuvieron en las antípodas del ex jugador de Newell´s. Fue quien a partir de revolucionar las características de su puesto impuso su nombre como forma de definir un tipo de arquero: Amadeo, Amadeo Carrizo. El que empezó a jugar con los pies y la cabeza en un lugar hasta allí privativo de los reflejos y las voladas.

Si nos atenemos a la lógica mediática que se cuadra frente al testimonio, que obsesivamente procura tener, las palabras de Carrizo, en una cálida entrevista dada a los periodistas Cristian Grosso y Pablo Lisotto de La Nación, suenan a un aporte incomparable: “me hizo acordar de una gran jugada de Vicente De la Mata, allá por el año 38 o 39. Se gambeteó a 7 o a 8. A Scocco le faltó gambetear nada más que al árbitro. ¡Qué golazo, papito!”.

Primera digresión: Carrizo, con sus actuales y lúcidos 91 años, fue testigo, protagonista y nuevamente testigo de más de 7 décadas del fútbol argentino, en las que supo no atalonarse a ciertas afirmaciones futbolísticas epocales, como cuando después de haber sostenido durante un tiempo que Enrique Omar Sívori, Alfredo Di Stéfano, José Manuel Moreno y Pelé eran mejores que Diego Maradona, decir convencido que “no lo sostengo más” para agregar que “creo que ha superado a Pelé, bah no estoy seguro, pero que lo iguala, sin ninguna duda”, le reconoció al periodista Lucio Fernández Moores, en su libro Ser o no ser arquero, de principios de los 90. Así como reconoció en la entrevista de estos días en La Nación que a Maradona y Pelé “con Messi los pongo a los tres casi iguales. En cualidades, en técnicas, en capacidad para definir situaciones en los partidos. Maradona era realmente majestuoso. Pelé también. Yo jugué contra Pelé, pero como argentino me quedo con Messi y Maradona. Ellos arriba de todo”.

Segunda digresión. Es innecesario hoy decir algo más de Scocco. No lo es respecto de Vicente De la Mata, a quien Amadeo nombra con la naturalidad de quien en ese entonces como hincha de Independiente –club en el que jugaba De la Mata- y luego como rival (Carrizo lo enfrentó en su debut ante los rojos en 1945), disfrutó y padeció según pasaron los años. Volante por derecha, el viejo número 8, De la Mata hizo 153 goles en los 385 partidos que jugó para el equipo de Avellaneda, ganó 3 campeonatos (1938, 1939 y 1949) e integró la delantera más goleadora en la historia del fútbol profesional argentino: Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla.

Ese gol que recuerda Carrizo fue durante décadas para el imaginario colectivo futbolero un hecho insuperable, donde no alcanzaba a poner orden la trasmisión boca a boca de generación- en generación- en generación- en generación, ni la voz del Maestro Fioravanti, uno de los máximos relatores de esos y de muchos años después, cuya narración  aún se puede escuchar pero  sin que ésta pueda poner algo de claridad a una imaginación incapaz de abarcar tanta lejanía  sin descarriarse y jugar por su cuenta. Sólo el gol de Diego a los ingleses lo sacó de su sitial, aunque aquí, caprichosamente, sólo estemos hablando del ámbito local.

De la Mata se murió, allá por principio de los 80, siendo Capote. Y durante muchos años la transmisión oral ubicó en ese partido ante River y en esa apilada genial el origen de ese apelativo. Hacer Capote es provocar sensación, triunfar, sobresalir y, en el juego de naipes, ganarlo quedándose con todas las cartas. Pero Antonio Sastre, su ex compañero, otro crack, desarmó la leyenda contando que él lo llamó así un par de años antes en un partido de la Selección Argentina ante Brasil. En todo caso, ese Capote sacó certificado de inmortalidad aquella tarde del Monumental.

La primera digresión arriesga un perfil de Carrizo en el que su lucidez y memoria, además de su condición de testigo privilegiado de una época, no deja margen para la duda, como sí sucede con tantos episodios producidos dentro de un campo de juego por esos años, donde se parte de un hecho comprobable pero que el relato posterior el tiempo y la distancia moldean, frente a la necesidad de algunos contemporáneos de ese hecho de que no pierda la condición de acontecimiento único e irrepetible; más aún cuando las coyunturas aportan, para los nuevos episodios únicos e irrepetibles, el valor insuperable de la prueba de la imagen.

No está mal recordar que  De la Mata contó su gol tantas veces como se lo pidieron y que sus versiones sufrieron escasas modificaciones entre sí. Arrancaba siempre en la pelota que le entregó su arquero, Bello, en su propio campo, recostado sobre la derecha y luego de que cinco rivales quedaran  en el camino (algunos en dos ocasiones) y cuando ya no tenía ni fuerzas ni ángulo levantó la cabeza dos veces  (“como deben hacerlo los buenos jugadores”, sentenció como si sacara pecho) y engañó al arquero de River, Sirni, colocando el balón junto al palo que él cubría justo cuando éste pensaba en que iba a enviar el centro.

¿Por qué, entonces, Amadeo? Mirar el fútbol (o la vida) por el ojo de la coyuntura es creer que sólo existe el presente perpetuo. Creer que lo mejor sólo se asocia a una etapa en que se siente el fútbol (o la vida) desde la plenitud, cuando se asientan los cimientos de  los recuerdos más potentes –y  que suelen activarse imprecisos, cuando no distorsionados,  una vez que el tiempo empieza a hacer estragos-, es parte de un egoísmo entre ingenuo y peligroso. Amadeo va hacia el pasado, en el que fue protagonista y testigo, y habla, con sencillez y cierta picardía, del hoy. Habla y opina. Nostalgia contenida y actualidad en la que se permite la observación y la reflexión.

 

 

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