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En Catalunya, mucho más que la independencia

Por Juan Chaneton (*).- Los burgueses españoles fueron, durante mucho tiempo, identificados con sus homólogos catalanes. Ocurría con estos últimos un poco lo que ocurre hoy con la burguesía industrial de San Pablo: ésta “es” la burguesía brasileña de modo muy subordinante respecto de las demás clases y estratos sociales regionales del interior de Brasil. De modo similar, en el caso catalán, ese 20% que aporta Catalunya al PBI español parecía (parece) justificar esa percepción de la burguesía catalana como “la” burguesía por antonomasia al interior del Reino de España.

La burguesía española, frente al conflicto catalán, defiende su propiedad y su poder esgrimiendo el concepto de “ley”. La burguesía catalana, por su parte, no ha sido llamada por la historia para alumbrar un mundo nuevo, como lo fue en el siglo XVIII la burguesía francesa. Tampoco tiene como líderes a Danton o Desmoulins. Debilucha como para enfrentarse a Europa unida, debería, en caso de que la independencia fuera un hecho, remar contra la mar gruesa del capitalismo globalizado de la mano de Puigdemont, Oriol Junqueras o Domenech. Parece mucho.

En todo caso, lo que se juega en esta coyuntura española y catalana excede las obstinaciones personales e, incluso, lo estrictamente político. Ello es así porque una eventual independencia precipitaría un escenario más complicado para Europa y  para España en particular. Está en juego, en esta última, la estabilidad de la corona, que ya bastante poco simpática le venía cayendo a una parte sustancial de sus “súbditos” como para que, encima, deba enfrentarse al dilema de seguir siendo ella misma pero sin el dinero catalán, es decir, pesando, cual mochila de piedras, sólo en el presupuesto de una empobrecida España, que eso sería España sin Catalunya.

Pero no sólo la monarquía debería ir poniendo las barbas en remojo en las tierras de Iberia. Una España sin Catalunya también dejaría a la partidocracia moncloísta que sustenta al Régimen del ’78 en precarias condiciones de existencia. Eso que Pablo Iglesias llama, en un feliz hallazgo semántico, “bloque monárquico” (Partido Popular, PSOE y filofranquistas de “Ciudadanos”) también se las vería negras a la hora de ofrecerse al pueblo español como bomberos del incendio  -que los tiene por sus pirómanos-  y como administradores de una gestión que debería mantener los privilegios de una casta con un presupuesto considerablemente menguado. Todos ellos (incluido, ahora, Iglesias) baten a una el parche de una sensatez de ocasión con un ojo puesto en la próxima elección, el otro puesto en las consecuencias que les depararía en el orden personal un apoyo explícito a la independencia pero, en ningún caso, contemplando, en términos teóricos, el fundamento que da legitimidad a la independencia de Catalunya.

Ha dicho Alberto Garzón que “… no es coherente ser independentista y comunista en el contexto catalán” (www.publico.es; 23/10/17), pero mucho menos coherente suena ser comunista y contrario a la independencia en el contexto de un capitalismo que ya ha inundado todo el mundo desbordando fronteras, clausurando el tiempo como concepto y convirtiendo la vida en pura espacialidad sin pasado y sin futuro. Asfixiados en ese mundo sucumben las subjetividades y los colectivos  -grupales o nacionales-  pues el capitalismo, que ayer necesitó de las naciones, hoy necesita barrer con ellas. Pero el caso, entonces, es que al sujeto que busca, como opción de vida o muerte, su libertad  -o alguna libertad posible- sólo le queda su cuerpo como esfera exterior de esa libertad, y entonces, sin salida, recurre a la autolesión, se tatúa; en tanto el colectivo, en el caso de Catalunya pero no sólo en su caso, opta por resistir esa lógica del capital globalizado y reclama ser percibido, entendido y respetado en su diferencia: se independiza como Nación.

Que Garzón fulmine de incoherentes a los independentistas comunistas blandiendo el internacionalismo es la forma mecanicista del oportunismo. Ello así por cuanto se puede ser, sin menoscabo de la coherencia, comunista y, a un tiempo, partidario de la independencia de Catalunya. Sólo basta, para ello, no interpretar a Marx y a Lenin bajo el prisma dogmatizante de Plejánov. Esto último es lo que hace Garzón que, en el punto, coincide con el trotskismo argentino.

En el programa democrático del proletariado ruso (ese programa democrático que dio sustento teórico a la URSS) el primer punto que contemplaba la democracia de clase era la libertad de las nacionalidades para existir como nacionalidades, es decir, gobernando su territorio, hablando su idioma nacional como el primero en las escuelas y practicando su religión. Con los criterios que hoy Garzón aprovecha para filtrarlos como “internacionalismo”, tanto Lenín como luego Stalin, habrían debido hacer tabla rasa con aquellos particularismos ontológicamente identitarios.

El análisis concreto de la situación concreta nos dice que la cuestión social ha pasado a un segundo plano en Catalunya pero la cuestión nacional catalana es parte de la cuestión social europea pues la burguesía europea no podrá ya seguir explotando y engañando a sus clases trabajadoras si la tendencia es a una pauperidad creciente agudizada por los significativos recortes en los recursos de aquella burguesía que implican los procesos independentistas. En este punto, ni Garzón, el coordinador federal de Izquierda Unida, ni el “bloque monárquico”, ni, incluso, Podemos mismo, quieren contratiempos en Europa, sino que lo que quieren es que las fuerzas productivas del capitalismo europeo sigan creciendo (o que superen el estancamiento) y que, como correlato en la superestructura, la acción política  -protagonizada por ellos, no por las masas europeas- fluya, armoniosa y controlable, hacia niveles más y más altos de bienestar y de calidad de vida para los que les toque. El problema radica en que esto es muy coherente como programa del bloque monárquico pero no lo es en absoluto como deseo de alguien orgulloso de ser comunista (Garzón), o como  propuesta de fondo de un partido que entró a la lisa política de su país diciendo que venía a construir una alternativa al bipartidismo. Y esto último, que no está cerca como probabilidad y sí lejos porque es mera  posibilidad, podría ser una realidad a futuro, pero, según lo que se olfatea, sería aceite rancio en envase nuevo.

El error de Pablo Iglesias es conformarse con lo posible. Para eso bastaba con el bipartidismo y no era necesario fundar un nuevo partido. Para entrar en la historia se necesita un poco más. Pablo Iglesias quiere una federación española plurinacional, pero los catalanes quieren ser una Nación. Y no desde ahora, desde el fondo de la historia.

De hecho, luce difuminado y borroso el programa de Izquierda Unida y el de Podemos con respecto a las reivindicaciones sociales de la clase obrera catalana. En Catalunya sí es clara, en este punto, la propuesta de la CUP (Candidatura de Unidad Popular), pero ni Izquierda Unida (IU) ni Podemos quieren saber nada con la CUP. Da la impresión de que quieren que Catalunya renuncie a su independencia para sólo después comenzar a discutir sobre la tensión trabajo asalariado-capital al interior del país de la Diada. Pero no se puede. La Historia no nos espera porque no tiene paciencia y se nos impone como exigencia.

La diferencia tiene estatuto ontológico propio frente a la oposición. A veces, lo que parece oposición sólo es diferencia. El bloque monárquico debería tener enfrente no sólo a lo que difiere de él, sino, en primer lugar, a lo que se le opone. Sólo después de concretada esa operación que hace a la identidad propia, se está en condiciones de ser “comunista” o de ser alternativa al bipartidismo. En Catalunya se está jugando mucho más que lo que aparece en el escenario.

Dicho esto, lo peor de todo aquello que podía pasar, ya ha pasado. A las elecciones del próximo 21 de diciembre, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) va por un lado, PeDECat (Partit Democrata Europeu Catalá) por otro y CUP por el suyo. La causa de la independencia enterrada, por ahora, por sus propios dueños…!!!

(*) Periodista, escritor y abogado

Sobre Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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