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Macondo: Ficción y realidad de un pueblo soñado

Por Leticia Amato (*).- “Hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca y construyeron pequeñas casas de madera, e hicieron un rincón donde medio catre era el sombrío hogar para una noche, y después una ruidosa calle clandestina, y después todo un pueblo de tolerancia dentro del pueblo.” (La hojarasca, 1955)

Macondo nació tímidamente en La hojarasca, la primera novela que escribió Gabriel García Márquez, en 1955. Luego, lo volvemos a encontrar en El coronel no tiene quien le escriba, novela de 1961 y, posteriormente, en algunos de los cuentos de Los funerales de Mamá Grande, del ´62. Sin embargo, será recién en la novela Cien años de soledad, publicada en 1967, que el pueblo de Macondo cobra vuelo y así despliega toda su potencialidad mágica que, en términos de espacio ficcional de la narración, contiene la totalidad del transcurrir de los personajes. García Márquez le aplica tamaño volumen descriptivo y concentración emocional a este mítico pueblo, colmado de misticismo y simbología, que podríamos contarlo, casi, como un personaje central de la novela. No es posible concebir a la estirpe de los Buendía en otro lugar que no sea Macondo ni Macondo tendría razón de ser si no hubiera sido fundado y habitado por la familia Buendía y su trágica descendencia.

“En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus trescientos habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto.” (Cien años de soledad, 1967)

En Cien años…Macondo se convierte en el escenario de la exuberancia, de los acontecimientos más extraordinarios aunque verosímiles, aparece ya como el pueblo donde, a priori, todo es posible, porque precisamente, todo está por hacerse. Así, durante los primeros 20 años de la novela en los que Macondo se va  construyendo en la misma medida en que se establecen, viven y crecen los primeros personajes de la estirpe de los Buendía, ese pueblo representa en el plano ficcional la realización de la patria soñada por los hombres y mujeres que aspiraban a una sociedad más justa e igualitaria, entre los que se encontraba, claro, Gabriel García Márquez.

“-En este pueblo no mandamos con papeles- dijo sin perder la calma José Arcadio Buendía-. Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir”. (Ibídem)

Se trata de un lugar mágico, cuasi idílico, en el que todos sus habitantes poseen exactamente las mismas casas, construidas por todos para cada uno de ellos y en donde las decisiones que afectan al conjunto de la población son tomadas de manera consensuada.

“Arcadio Buendía no tuvo un instante de reposo, fascinado por una realidad inmediata que entonces le resultó más fantástica que el basto universo, (…), volvió a ser el hombre emprendedor de los primeros tiempos, que decidía el trazado de las calles y la posición de las casas, de manera que nadie disfrutara de privilegios que no tuvieran todos.” (Ibídem)

Gabriel García Márquez

No es de extrañarnos esta suerte de alter ego que propone el autor para su pueblo imaginario, pues, por aquellos tiempos en que daba vida a Macondo, Gabo fundaba la agencia de noticias Prensa Latina junto a Jorge Masetti, Rodolfo Walsh, Rogelio García Lupo, entre otros, dando comienzo a una nueva experiencia de prensa y comunicación al servicio de los pueblos y de sus procesos de autonomía y liberación.

(*) Periodista. Integrante de la Secretaría de Juventud y Nuevas Tecnologías de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP).

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