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Cine y hegemonía. La máquina de redundancia del sistema

 

Por Guido Fernández Parmo (*).- Un grupo de burgueses se juntan a comer en la mansión de uno de ellos. En medio de la noche, sin razón aparente, los criados deciden abandonar la casa y dejar a los burgueses a su suerte. Solos en el salón principal, sin criados que los atiendan, los burgueses allí reunidos deciden continuar la fiesta. Sin embargo, algo extraño sucede. Nadie puede salir del salón comedor. Sin razón aparente, otra vez, nadie puede cruzar la puerta. Nada se explica. Como espectadores nos quedamos desconcertados. Y el desconcierto es proporcional al sentimiento de opresión y desagrado ante los acontecimientos que se suceden.

Volví a ver El Ángel Exterminador, la película de Luis Buñuel realizada en 1962. Y “me dio que pensar”.

El cine comercial o industrial se ha impuesto finalmente. Queda lejos la época en donde directores como Bergman o Fellini tenían sus espectadores asegurados. Queda lejos la época en donde un cine no industrial, que buscaba dar cuenta de la vida misma, formaba parte de cierta cotidianidad. El cine comercial se ha convertido en una gigantesca maquinaria de redundancia: de confirmar lo que ya pensamos. Esta redundancia es un movimiento en falso, un falso movimiento, en donde el cine nos muestra lo que ya sabemos y lo que ya esperamos. Esta coincidencia entre mercancía y expectativas, que es el aspecto demagógico del capitalismo utilizado como estrategia de dominación, se lleva adelante mediante el modelo del género cinematográfico. El concepto de género se ha fundido con los intereses comerciales: ya sabemos qué esperar de una película y los productores saben qué esperamos, como sabemos qué esperar de una hamburguesa de McDonald’s: todos consumimos. Falso movimiento, movimiento en el lugar para reproducir lo mismo. El consumo es la preproducción de lo mismo.

Esta coincidencia toma la forma de una representación: la representación es, precisamente, la coincidencia del objeto con el sujeto. El cine comercial crea una representación que coincide con las representaciones que ya tenemos. En tanto dispositivo hegemónico, el cine define al mismo tiempo un tipo de percepción, de sensación y de contenidos. Toda imagen define cómo percibimos y sentimos, pero la imagen comercial además refuerza un particular modo de sentir y percibir mediante la representación. Esto es, la representación es un reforzamiento, una reproducción, tanto de los contenidos como de las condiciones de percepción de una época.

La producción de imágenes dentro del capitalismo se da dentro de este paradigma de la representación. Esto es así porque la representación es un tipo de imagen que se define por la reproducción, la identificación, el reforzamiento de lo ya conocido y la redundancia. El poder siempre necesita de imágenes que refuercen las representaciones ya existentes. El poder siempre necesita de imágenes que se entiendan unívocamente, siempre del mismo modo, y que no den lugar a interpretaciones divergentes. Las hamburguesas hechas en serie nos sorprenden tan poco como la victoria del héroe en Hollywood.

La imagen comercial se constituye así por una forma y un contenido que define al mismo tiempo una representación sobre el mundo (contenido) y un tipo de percepción (forma). No se trata únicamente de imponer ciertas representaciones (EEUU como un país de libertad, el progreso individual como producto del esfuerzo, el eje del mal —Corea del Norte, China, Rusia, musulmanes), etc.—, sino también de definir una manera de percepción de la realidad. La imagen comercial, tantas veces repetida, se define así por una redundancia. Toda imagen deja una huella en nuestra percepción, huella que es al mismo tiempo contenido y forma. La huella nos marca, enmarca lo que percibimos, impone ciertos límites que terminan definiendo qué podemos percibir y qué no, con qué conmovernos, con qué desear, etc. La imagen comercial, así, define cómo nuestra época percibe a la realidad (aquí entrarían la imagen televisiva, periodística, virtual).

Frente a esta redundancia de lo mismo, que es todo lo contrario al pensamiento, el cine arte buscó y sigue buscando hacer del encuentro con la imagen una instancia de pensamiento. Esto quiere decir, que la imagen cinematográfica busca dar cuenta de lo nuevo. En este sentido, la imagen debe poder quebrar esa representación dominante. En ese quiebre estará el pensamiento, en la falta de coincidencia entre mis expectativas y la imagen creada. El cine arte busca la diferencia. En esto, el cine arte expresa una verdad que cae por fuera de las representaciones dominantes.

El pensamiento es la ruptura con ese reforzamiento, con la redundancia. El pensamiento quiebra la reproducción al introducir lo inesperado. Esto inesperado, lo nuevo, propiamente, la creación, irrumpe como una nueva forma de sentir y percibir el mundo.

La obra de arte expresa nuevas formas de percibir y sentir a la realidad que dejan huellas en nuestro cuerpo, marcas, a través de las cuales seguimos sintiendo y percibiendo a la realidad una vez que la obra ha desaparecido. Percibimos el amarillo de un campo a través de la pintura de van Gogh, la tormenta por las pinturas de Turner, la infidelidad en los tonos ocres del cine de Woody Allen, el verano por Vivaldi, la paranoia y el terror por las novelas de Castellanos Moya. El arte deja huellas, surcos, por medio de los cuales las sensaciones y percepciones pasan más o menos “conducidas” por ellas. Nuestro cuerpo reacciona y es afectado por la realidad a través de estas marcas que el arte deja.

Estas huellas son las formas en las que el arte piensa y nos hace pensar. En el cine,  «pensar» es una manera de “percibir” el mundo.

Jugando con una gran desventaja, al arte le queda ser, si quiere seguir siendo, contra-hegemónico. Esto quiere decir que, por ejemplo en el cine, no sólo ponga otros contenidos en la imagen, sino además nuevas formas estéticas. No es casualidad que directores como Luis Buñuel hayan realizado su crítica al mundo hablando de otras cosas y de otra manera. Y eso extraño que nos desconcierta en El Ángel Exterminador, eso inexplicable y desconcertante, tal vez sea la forma sensible del desgarro de la representación burguesa dominante.

(*) Licenciado en filosofía y letras. Docente.

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