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Por qué todos somos comunicadores sociales

 

Por Guido Fernández Parmo (*).-

Objetividad y profesionalismo

La comunicación y el periodismo sufren de los mismos males que la ciencia y la filosofía. Particularmente, en relación al problema de la objetividad y la subjetividad del discurso producido. En ambas disciplinas, existe una idea de sentido común que nos dice que es posible alcanzar la objetividad o que al menos hacia ella deberíamos tender.

En el periodismo, la idea de objetividad  se confunde, a veces, con la de profesionalismo. Si el científico tiene que ajustarse a cierto método de investigación, a criterios de selección de muestras y a un lenguaje consensuado por la comunidad científica para garantizar su objetividad, el periodista tiene a su profesionalismo: condiciones tecnológico-materiales, saberes y técnicas (de escritura, orales, visuales) y un lenguaje consensuado por la comunidad que garantizan la objetividad. Profesionalismo burgués que privilegia esas técnicas a las verdades sentidas en el cuerpo.

Esta idea de la objetividad-profesionalidad, supone borrar las huellas del sujeto en la información y en el conocimiento. En ambos casos, lo que se busca es que el discurso sea sobre la realidad de la que se habla y no sobre el sujeto que emite ese discurso. Cuando el discurso es sobre la realidad, sobre el Objeto, hablamos de un discurso objetivo. Cuando, por el contrario, el discurso dice más sobre el sujeto que habla que sobre el objeto, hablamos de un discurso subjetivo.

Si leo los Principios matemáticos de la ciencia natural de Newton, no debería encontrar ninguna huella de su autor, del sujeto que lo escribió. El libro de Newton no nos permitiría saber quién lo escribió y cuándo, cómo vivía su autor, si era hombre o mujer, si estaba casado, era feliz o melancólico. El profesionalismo en el periodismo busca lo mismo: borrar las huellas del periodista de la información producida y comunicada: a nadie debería importarle quién escribió la nota que denuncia un caso de corrupción o que explica por qué la inflación no baja. La ideología del profesionalismo se alía a la de la objetividad: ser un buen periodista, trabajar con profesionalismo, es poder borrar las huellas subjetivas de los discursos que decimos en una radio o escribimos en un periódico o blog.

Lo objetivo como universal, neutral y desinteresado

Esta pretensión de eliminar al sujeto del discurso (sea periodístico o científico) es la misma que existe cuando, por ejemplo, al entrar en una librería, encontramos el libro de Shakespeare Hamlet en un estante debajo de un cartel que dice “Literatura Universal”. Si Hamlet es universal es porque se cree escrito desde un lugar universal, es decir, una especie de no lugar que le habla a todos los lectores del mundo: seas inglés del siglo XVII, argentino del XX o japonés del XXI, podrás leer Hamlet y entenderlo. Hamlet habla del ser humano, de problemáticas humanas que todos los humanos tenemos. Hamlet le habla a todos. Este carácter universal se explica porque el libro estaría escrito desde un no lugar, esto es, una posición en donde el sujeto y lo subjetivo están borrados. Shakespeare escribe desde ese no lugar universal que todos los humanos tenemos en común, y no como inglés, varón, heterosexual, etc.

Si, por el contrario, buscamos El Gaucho Martín Fierro de José Hernández, lo encontraremos en un estante debajo de un cartel que dice “Literatura gauchesca” o “Literatura folclórica” o “Literatura argentina”, pero nunca debajo de “Literatura universal”. Esto quiere decir que ese libro no pertenece a la literatura universal: no habla de lo universal del ser humano, sino de unos humanos particulares que vivían en Sudamérica hace ya mucho tiempo. Esta particularidad del libro de José Hernández se debe a que está escrito no desde ese no lugar de lo universal, sino desde un lugar particular. En El Gaucho Martín Fierro podemos ver las huellas de su autor, su época y su cultura particular.

Así, podemos pensar que el no lugar universal se corresponde con la exigencia de borrar las huellas del sujeto del discurso enunciado. Y, por otro lado, el lugar particular pone al sujeto, a lo subjetivo, en el discurso.

La objetividad y el profesionalismo pretenden hablar desde ese no lugar universal que es al mismo tiempo un no lugar neutral y desinteresado. Cuando decimos de un discurso que es subjetivo, decimos al mismo tiempo que lo dicho responde a intereses del autor. Por ejemplo, si yo planeara hacer un gran negocio comprando una empresa que las leyes vigentes me lo impiden, mi discurso defendiendo la desregulación de la compra y venta de empresas, resultaría interesado. El discurso, aquí, no asume una posición neutral, no habla con objetividad, decimos.

Alcanzar el no lugar universal es alcanzar una posición en donde los intereses del sujeto no están presentes. “No es interesado”, se escucha. No poner los intereses en juego en un discurso supone borrar al sujeto del enunciado.

 

Locus de enunciación

Esto último pone en evidencia un concepto que creemos útil para criticar esa pretensión de objetividad, profesionalismo y universalismo, el concepto de locus de enunciación. Locus quiere decir lugar. Vamos a decir que los discursos siempre están dichos desde un lugar. Como cuando decimos “¿Desde dónde me decís eso?”. En los casos anteriores, un lugar particular pretende ser un no-lugar universal. El eurocentrismo (Hamlet es literatura universal, Martín Fierro, folclórica), la objetividad científica y el profesionalismo esconden la posición del sujeto del enunciado y dicen hablar desde un no lugar.

Esto es falso.

Siempre hablamos desde una posición. Es imposible borrar nuestras marcas de clase, de raza, de género, de edad, por más que queramos. Los discursos siempre están dichos desde un locus de enunciación. Pongamos un ejemplo algo evidente de este concepto. En un Manual para la escuela primaria, se explican las ideas de lo público, lo común y lo civil. El texto, dirigido a niños y a niñas de unos 9 años, dice: “Cuando se rompe un caño de agua en tu casa, tu papá llama al plomero para arreglarlo”. En esta afirmación hay un lugar muy claro desde donde se habla: la clase. Claramente el libro no estuvo escrito para hijos de plomeros, que no podrían identificarse con esa explicación nunca, sufriendo una exclusión más, discursiva, en su vida.

Veamos otro ejemplo. El filósofo Clément Rosset, nos dice, en Reflexiones sobre el cine, que el cine “Nos ofrece, a voluntad, todo aquello de lo que la realidad nos priva mientras que se lo concede a otros y podría eventualmente concedérnoslo a nosotros: mesa servida por el mejor proveedor, casa con una decoración soñada y un cuidado impecable, una mujer incomparablemente bella y seductora”. Hay aquí un nosotros (“Nos ofrece”, “a nosotros”) que no se refiere a todos los espectadores del cine sino que, como mínimo, se refiere a los sujetos que desean una mujer, podemos sospechar, un nosotros compuesto por varones, heterosexuales, burgueses (“casa con decoración soñada”). Si el ejemplo se limitara a lo dicho (no es el caso de Rosset), el cine no sería para varones homosexuales o mujeres heterosexuales, ni para hombres o mujeres a los que la decoración de sus cosas les tiene sin cuidado. El discurso está dicho desde ese lugar, aunque no lo indique explícitamente. Un lector distraído podría pensar que el filósofo habla en nombre de todos los hombres, varones, mujeres, burgueses o trabajadores que van al cine. Y sin embargo, las marcas de clase y género se encuentran allí en el discurso inevitablemente.

 

Los distintos loci de enunciación y la idea de comunicador

Existen siempre distintos lugares (loci) de enunciación, tantos como lugares que definen nuestra subjetividad. La clase social, el género, la raza, la edad, son algunos lugares que nos atraviesan. Cuando en la década del ’60 se criticaba a las películas de Sydney Poitier (por ejemplo, To Sir with love, de 1967), que buscaban no caer en el racismo de la época que sólo representaba a los negros como violentos o delincuentes, se lo hacía porque el negro, en sus películas, aparecía como un blanco. Esa borradura de la posición de clase y raza ocultaba las condiciones reales de existencia de los negros en EEUU. Sydney Poitier nos mostraba a un negro que no tenía ninguno de los problemas de los negros reales.

La idea de comunicador se hace cargo del locus de enunciación que ocupamos. Si somos todos comunicadores es porque hablamos no ya desde una pretendida objetividad universal y neutral, sino desde esas marcas de clase, de género, de raza. No buscamos eliminarlas, ya no sólo porque eso es imposible, sino porque las reivindicamos.

La borradura de estas huellas sólo puede ser una estrategia más de la ideología dominante. Como sabemos, la ideología es el discurso que intenta ocultar las relaciones sociales, materiales y concretas que definen nuestras existencias. Esas relaciones definen nuestro lugar concreto: la clase, el género, la raza. Nuestro mundo está organizado según estas coordenadas: capitalistas-propietarios y trabajadores, blancos y negros, civilizados e indios, varones y mujeres-trans…, etc.

Estas marcas son indelebles, son marcas propiamente, cicatrices de nuestros cuerpos, huellas que conducen nuestras percepciones, sentimientos y pensamientos. Cuando nos presentamos hablando desde el no lugar de la objetividad escondemos estas marcas sólo para reproducirlas una vez más.

No nos avergüenzan esas cicatrices.

Todos somos comunicadores sociales porque todos tenemos algo que decir desde estos lugares que ocupamos. Todos somos testigos directos de nuestros lugares y por lo tanto todos conocemos esos lugares que definen la organización del mundo. Trabajadores, travestis, inmigrantes habitan sus lugares y llevan en sus cuerpos las marcas de esas posiciones, las verdades objetivas de sus condiciones concretas de existencia.

El comunicador social habla desde sus cicatrices. Todos somos comunicadores porque la verdad se lleva en las cicatrices que los poderes nos dejan en nuestros cuerpos. La verdad del comunicador social es siempre política.

 

Comunicador social, objetividad e intereses

¿Quiere decir esto que no existe la objetividad para el comunicador social?

El comunicador social reivindica otro concepto de objetividad. Ya no una objetividad universal, neutral y desinteresada propia del científico y del periodismo burgués. Objetividad burguesa, ideológica, falsificadora. La objetividad del comunicador social es la objetividad concreta que da cuenta de la organización capitalista, racial y patriarcal del mundo. Se trata de la objetividad de su existencia misma. El compañero que habla desde una radio en un barrio habla como trabajador, en medio de su condición, de sus problemas, de sus deseos, de sus luchas. La compañera que escribe en una revista digital lo hace como mujer que sufre el poder patriarcal cada día en la calle, en una discusión, en su trabajo.  Hay una verdad en esa objetividad que habitamos mental y físicamente.

Cada uno de todos nosotros pone en el discurso la objetividad concreta de su existencia.

Nuestros lugares de enunciación, asumidos como tales, revelan no sólo la objetividad particular, sino la relación que tiene con otras posiciones y otros lugares. Porque hablar como trabajador es hablar como miembro de una clase explotada por otra. Hablar como mujer, sin borrar esas huellas, es entonces hablar como ese colectivo sometido por el poder patriarcal que le da a los varones el poder. Y si hablo como negro, como indio, como mestizo, hablo, como lo hacía Aime Cesaire al hablar de la “negritud”, como miembro de un grupo definido racialmente por el poder euro-occidental dominante. Asumir la posición es reconocer que existen otras posiciones con las que estamos unidos necesariamente.

En este sentido, esta objetividad concreta incorpora los intereses del sujeto que habla, negados en el ideal de objetividad y profesionalismo. Las posiciones, los lugares de enunciación, siempre tienen intereses. Nunca podremos quedarnos sin intereses, a lo sumo los podemos negar u ocultar. La clase propietaria nunca pierde sus intereses de ganancia incesante. El trabajador nunca pierde sus intereses de una mejor calidad de vida. Y la mujer siempre tendrá interés en revertir las relaciones de poder entre lo masculino y el resto de las identidades de género subalternas.

Si un trabajador o una mujer negaran sus intereses, lo único que estarían haciendo es mantener las relaciones de poder existentes, objetivas y concretas. Estarían, como las películas de Sydney Poitier, ocultando la verdad de su existencia. La objetividad del comunicador social es una objetividad interesada. Como comunicadores debemos explicitar los intereses de clase propios y ajenos, los intereses raciales y de género, presentes en todos los discursos. Defender los intereses es defender una verdad objetiva: los intereses no dejan de existir porque pretendamos negarlos.

La objetividad interesada del comunicador social reconoce que las posiciones forman parte de un entramado complejo de relaciones mundiales. Asumir la propia posición no es caer en una distorsión subjetiva sino reconocer que toda verdad es política.

(*) Profesor en Filosofía.

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