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Contraste fallido

Por Daniel das Neves (*).- Es llamativo cómo cierta excelencia intelectual o literaria permite que incursionen en sus textos referencias que ni la mayor libertad ficcional podría darles cabida si no existiera una posición previa de quien las expresa.

Y resulta aún más llamativo cuando es la prensa la invocada en algún escrito, bajando las defensas en contra del sentido común que desarrolla una actividad cuya incidencia y penetración no reconoce límites.
 
El escritor cubano Leonardo Pagura acaba de dar a conocer –revista Ñ del 6 de mayo pasado- un episodio desconocido acerca de la muerte de Ramón Mercader, protagonista central de su novela acerca del asesinato de León Trotski, El hombre que amaba a los perros. Acusado por el asesinato del dirigente soviético, ocurrido en agosto de 1940.  Mercader contrajo un cáncer de amígdalas que le detectó un médico cubano, quien ignoraba la identidad de su paciente en el momento que lo atendió.
Fue el 21 de octubre de 1978, un día después de la muerte de Mercader, en que el doctor Miguel Angel Azcue descubrió –según este nuevo relato de Padura- que esa persona que él había visto a comienzos de ese año era quien era.
 
Y según Padura el dato le fue revelado al doctor Azcue gracias a viajar hacia la Argentina –venía a un congreso de oncología- en un vuelo de Aerolíneas de nuestro país y no en Cubana de Aviación. Escribe Padura: “si en lugar de viajar con la compañía rioplatense lo hubieran (compartía vuelo con su colega el doctor Cuevas) hecho por Cubana de Aviación…no habrían tenido acceso a la verdad: la diferencia radica en la prensa que, en una y otra aerolínea, se entrega a los pasajeros. En Cubana, prensa  cubana; en Aerolíneas Argentinas, prensa argentina.
 
“Los periódicos cubanos, continúa Padura, hubieran contribuido a mantener a Azcue en la ignorancia, al menos un día más, o tal vez muchos días más, quizás, incluso, por siempre; la prensa argentina, en cambio, le mostró un titular que desde el primer momento lo conmovió en muchos sentidos –“Muere en La Habana el asesino de León Trotski”- y una foto que lo removió de arriba abajo…”, ya que se trataba del paciente que Azcue había diagnosticado cáncer.
 
No importa determinar si ese titular existió en un diario argentino: Padura puede hacer jugar su libertad creativa hasta ese punto, y más también. Tan reconocida como su capacidad de escritor es la postura profundamente critica que Padura tiene sobre el gobierno cubano y la revolución que en ese país encabezó Fidel Castro, a pesar de lo cual permanece en la isla, una fuente inagotable para sus textos que reflejan la cotidianeidad habanera y sus personajes desde una observación inteligente, cruda, sombría. Textos que no evitan su descreimiento político e ideológico mucho más que desánimos parciales o desilusiones por sueños frustrados.
 
Suena a viejo, muy viejo (aunque la referencia sea un hecho ocurrido hace casi 40 años) recurrir al lugar común de la censura de la prensa cubana para explicar la ausencia de una información, como lo era la muerte de Mercader;  pero suena a un muy mal gusto histórico e ideológico usar a la prensa argentina de 1978 para contrastarlo con aquello. Los socios/cómplices del peor de los genocidios en esta parte del mundo puestos como ejemplo positivo y contrario son un recurso literario infeliz o una gran mentira histórica, como se lo quiera definir.
 
Lo más importante de ese diario (esos diarios) argentino entregado en un vuelo de Aerolíneas estaba en todo aquello que ocultaba. “Siguen las desapariciones ejecutadas por la dictadura militar: se sumaron centenares a las decenas de miles ya efectuadas”. Tal vez los doctores Azcue y Cuevas hubiesen dirigido su preocupación hacia otro sitio. 
(*) Periodista

Sobre Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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