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Cuando tu enemigo se equivoca, no lo interrumpas

(Por Juan Chaneton (*)).-Las empresas Ford y GM (General Motors)  ya están de regreso en los Estados Unidos. Bienvenidas, pues…! Ahora … a producir!  ZP15 abre la puerta para que Mr.  John Kirkglass, jefe de planta, ingrese al edificio ubicado en las afueras de Michigan. De un vistazo, éste comprueba que la línea completa de AQ16 se halla ensamblando las partes que, desde el día anterior, envía a ese sector la línea de los 90-M4. Llevan meses haciendo lo mismo. Exactamente, desde que el Presidente les reclamó a los respectivos directorios que radicaran sus plantas automotrices en suelo estadounidense.

Son buenos esos muchachos de apelativo alfanumérico. También son feos y destartalados y lucen como a punto de caer, patéticos y desarmados, sobre sí mismos. Pero eso importa poco y, además, es mera apariencia. Esas criaturas abigarradas en colores chillones y con articulaciones de tuercas y nodos de forma extraña, trabajan duro durante años sin cansarse y, lo que es mejor, completamente “en negro”; y se trata de una negritud legal de toda legalidad: no hay aportes para la obra social, ni para la jubilación;  y nada de  gastar en higiene y seguridad en el trabajo.  Y, sobre todo… estos no hacen huelga…! Todavía, al menos, no se han sindicalizado, salvo que un día se les ocurra, uno nunca sabe en este mundo las cosas que pueden pasar.

Dícese que la robotización aumentará el desempleo. Pero se omite decir que eso es, en principio,  un problema político (por ende, un problema para Trump), no económico (de las empresas). Más desempleo es pagar menos salarios o, dicho en otros términos, significa gastar menos dinero en capital variable. Las patronales, en principio, lo celebran.

Sólo después aparece el problema económico. La robotización es cara e implica gastar más en capital constante. Hasta hoy, nunca la reducción salarial permitió compensar, de manera permanente y sólida, la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. Por el contrario, tanto la masa como la tasa del capital han tendido a la baja. La masa es el total de capital producido y la tasa es el capital efectivamente realizado en el mercado.

Así las cosas, aparecen las crisis. Éstas no siempre son un problema para el capital. Antes bien, varias veces han jugado como solución. Las guerras, destrucción mediante, dejan el camino expedito para la “reconstrucción” de lo destruido y eso es una inyección de “energía positiva” para la economía real capitalista.

Trump se mueve dentro de una contradicción dura. Por un lado, las guerras en Europa, Ucrania o  Medio Oriente constituyen una bella “oportunidad de negocios” para el bloque burgués que él expresa en la política. Por otro, incrementa el gasto militar, es decir, es un desvío de fondos que deberían ir hacia el mercado interno (infraestructura, inversión reproductiva, etc.). Dejar de solventar en exclusiva y en soledad a la OTAN es un paso en el sentido de superar ese límite objetivo.  “Todos ponen”, como en la perinola, para que ese club guerrerista siga existiendo. Pero es difícil que eso sea suficiente.

Porque hay un doble orden de presiones que soporta el capital: la inversión disminuye en la misma medida en que aumenta el capital invertido en robotizar el proceso productivo. Un muro se ha levantado pero, esta vez, en las fronteras del infinito, es decir, de la infinita tendencia del capital a superar sus propias limitaciones en tanto sistema que sólo sobrevive a condición de que el dinero produzca más dinero, lo mismo da que eso sea produciendo ropa (cosas útiles) que vendiendo sacacorchos con mango de marfil con incrustaciones de lapislázuli (cosas inútiles).

De modo que el cuadro nos muestra una nueva administración estadounidense que se afana por aumentar el empleo de diversos modos, uno de ellos, ofreciendo incentivos fiscales a las empresas que “vuelvan”. Pero estas empresas no usarán ese capital que se ahorran de los impuestos para contratar más capital variable (obreros) sino para comprar más capital constante (robotización). De este modo, pierde Trump y pierden las empresas. El primero porque no logra cumplir con su programa político que fue promesa de campaña: bajar el desempleo. Las segundas, porque más inversión en capital constante es darle aire a la tendencia descendente de la tasa de ganancia.

Lo económicamente incorrecto ya vivía en la Casa Blanca. No ha mudado su domicilio real. Sigue allí. Sólo que ahora comparte habitación con lo políticamente incorrecto: Trump, en una morisqueta ciertamente insólita para un presidente de los EE.UU., ha llamado a un acto de masas en la calle para neutralizar el serrucho que el otro bloque burgués (el vinculado a la hegemonía absoluta del capital financiero) afila todos los días. Cosas veredes, Sancho…!

Cuando tu enemigo se está equivocando… no lo interrumpas, así reza el dicho popular. A Trump hay que dejarlo hacer. Si sigue haciendo va camino del infierno. Y el infierno del capital puede significar el paraíso del proletariado. Aun cuando tampoco hay razones para profesar el exitismo. Que el capitalismo se hunda no significará, automáticamente, el triunfo de las buenas causas. La burguesía está, hoy, en condiciones de hacer algo que no podía hacer cuando Marx pensaba y escribía: arrastrar a su enemigo histórico, junto  con ella, a un infierno común en el que todos, nosotros y ellos, nos ahogaríamos en el Aqueronte.

(*) Periodista, escritor y abogado

 

 

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