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La grieta capitalista: no es la cabeza, son las entrañas

Guido Fernández Parmo (*).- ¿De dónde sacamos las ideas que tenemos en la cabeza? No de la cabeza, del estómago.

Deberíamos sorprendernos de lo que pensamos, al menos si pudiéramos mirarnos con ojos alieníjenas. Recuerdo el furor que causó el libro de Francis Fukuyama sobre el final de la Historia y las ideologías. Al caer el bloque soviético, los arquitectos del mundo capitalista pensaron que ya no había otra cosa que el capitalismo y el estilo de vida basado en el individualismo y el consumo. Al no haber un enemigo que marcara los límites, pensaba Fukuyama, ya no había más posiciones políticas: el liberalismo, la concepción del mundo propia a la burguesía, se había convertido en la realidad misma. La sociedad pasaba a ser una sola, homogénea, todos compartiendo el mismo modo de vida, pensando lo mismo, deseando lo mismo. La idea de cambio había sido abandonada.

El liberalismo siempre ha pensado que su mirada sobre la realidad era la realidad misma y no una mirada. De ahí que cada vez que alguien dice algo distinto se lo acuse de hablar ideológicamente, de querer volver a los setenta o de soñar ingenuamente como un adolescente. O de venir de otro planeta.

Esa es la gran astucia del liberalismo, definir la política desde ideas y valores que no se invocan como posiciones políticas sino como la realidad misma.

Por esta razón algunas mentes liberales se escandalizan cuando la gente no se pone de acuerdo, cuando no es posible el consenso o cuando la sociedad parece dividirse en bandos políticos. Siendo liberales, toda diferencia es vista como una enfermedad que hay que curar o como una vetusta supervivencia del pasado. Un disenso político, algo tan viejo como la democracia griega, es visto como una grieta horrible por los “pensadores” actuales. Tendrían que darse un paseo por la Atenas del siglo IV a. C., o por la Francia del XVIII, estandartes de la democracia, para escandalizarse con sus grietas. No hay grieta alguna allí.

Por suerte, Fukuyama se olvidaba de que el capitalismo tenía también al enemigo dentro de él (y no sólo afuera, en la URSS), como un alien saliendo aterradoramente de su estómago. Ese alien, ese punto de vista distinto, era y sigue siendo la clase trabajadora.

Hay que insistir con la idea de que esta sociedad está partida económicamente, de que seguimos viviendo en una sociedad de clases. Una idea tan vieja como lo que un diputado jacobino decía en la Asamblea de 1793: “después de haber conseguido la igualdad política de derecho, el deseo más actual y el más activo es el de igualdad de hecho. Digo más, digo que sin el deseo o la esperanza de esta igualdad de hecho, la igualdad de derecho no sería más que una ilusión cruel […] ¿Cómo podrían las instituciones sociales procurarle al hombre esta igualdad de hecho que la naturaleza le ha negado sin atacar las propiedades territoriales e industriales?

¿Cómo conseguirlo sin la ley y el reparto de las fortunas?”.

Por aquí pasa la contradicción de nuestra sociedad, una grieta algo más vieja que la que invocamos últimamente. Allí está la grieta.

Pero nada tiene que ver con intolerancias, con malos tratos, con autoritarismos o dogmatismos, con gritar en vez de hablar, o con soberbias. La grieta no es una cuestión de buenos o malos modales, ni con no poder ponerse de acuerdo. No hay grieta entre proyectos Estatales diferentes (Estado neoliberal o Estado benefactor), más allá de sus claras diferencias. La grieta pasa entre los grandes propietarios, dueños, burgueses, propietarios de los grandes recursos naturales, y los trabajadores, desempleados, trabajadores en negro, pobres que no son propietarios más que de su esfuerzo por sobrevivir.

La grieta es lo que explica este mundo cada vez más desigual, esa brecha entre los que trabajan y los que viven del trabajo ajeno.

El alien que nos sale del estómago es la vieja contradicción entre estas dos clases. Este ser extraño, que parece salido de otro planeta aprende a hablar y nos dice que no es la intolerancia lo que agrieta la grieta, sino la explotación, la contradicción entre la invocación de derechos sobre la igualdad y la desigualdad de hecho.

Intentábamos cerrar una herida por donde no estaba. Nos agarrábamos la cabeza cuando la herida estaba en las entrañas.

(*) Periodista, docente, licenciado en Filosofía y Letras

 

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