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Carpentier: el observador comprometido

Por Leticia Amato (*).- Uno de los últimos días de diciembre, entre festividades navideñas, hace ciento doce años, en la ciudad de Lausana, Suiza, o tal vez, en la ciudad de La Habana, Cuba, Lina Valmont daba a luz a Alejo Carpentier.

El brillante escritor cubano (pues independientemente de la ciudad que lo vio nacer ésta es su nacionalidad) se irguió a través de sus textos como la legítima y autorizada voz de la vida, la cultura y las costumbres de los habitantes de las tierras de centro américa: “Por la presencia fáustica del indio y del negro, por la naturaleza, por el fecundo mestizaje que propició, América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías.” Carpentier fue un auténtico conocedor de su espíritu e idiosincrasia ya que su vida transcurrió (fuera de un lapso de diez años durante los cuales se exilió en Paris) en países como Cuba, Venezuela, Barbados, Haití y México. “La aportación de América Latina a la cultura universal es mucho más importante de lo que la gente cree. Yo creo en la fecundidad intelectual de los mestizajes, de los intercambios de sangre, de tradiciones, de rutas, de costumbres, de modos de concebir la existencia…”

A partir del profundo conocimiento de los hombres y mujeres de esta región, Alejo Carpentier halló en el fenómeno del mestizaje la potencialidad cultural de América Latina en estado puro y aseguró que en su música, sus relatos, sus ritos, en la fisonomía de su naturaleza se encuentra aquella particularidad extraordinaria que caracteriza a la región: “lo real maravilloso”. “Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso. Y qué somos todos nosotros sino el resultado de lo real maravilloso?”

La obra completa de Alejo Carpentier -compuesta por novelas, cuentos y ensayos- muestra cómo lo asombroso, lo sorprendente de la existencia humana se manifiesta de manera cotidiana en nuestros pueblos. “Hay que saber captar lo real maravilloso en la esencia de las cosas que nos rodean. En su andar por el Caribe, en el territorio amazónico, en la gran sabana venezolana, en el alto Orinoco, en Barbados. Lo real maravilloso se encuentra a cada paso de la vida de los hombres que inscribieron fechas en la historia del continente.”

Alejo Carpentier, pianista aficionado, quien cursó estudios musicales en Cuba y Francia, se definió a sí mismo como un musicólogo devenido escritor. Además de su habitual trabajo periodístico en diversos diarios y revistas, se dedicó a la musicalización de programas de radio así como a la sonorización en teatro y cine. Efectivamente la música, aunque también la arquitectura pero en menor intensidad, fue en la vida de Carpentier materia de incansable investigación y aparece  en toda su obra como tema recurrente o como el eje mediante el cual concibió las estructuras narrativas de muchos de sus textos. Así lo reflejan especialmente, con exquisita erudición y su particular estilo detallista, algo barroco incluso, sus novelas “Los pasos perdidos”, “El acoso” y “Concierto Barroco”, colmadas de sinestesias y sensaciones que transmiten muy vívidamente experiencias musicales.

Comprometido con la etapa histórica que le tocó vivir, Carpentier fue artífice y defensor de la revolución cubana desempeñándose como embajador de Cuba en Francia hasta el día de su muerte y formado en una concepción existencialista, define de manera magistral: “La grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es, en imponerse tareas. En el reino de los cielos no hay grandeza que conquistar puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de pena y tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre solo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el reino de este mundo.”

(*) Periodista

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