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Lola Mora sigue ahí…

Por Leticia Amato (*).- “Lola mora sigue ahí, en la Costanera…” canta una canción de Celeste Carballo, y con este puñado de palabras describe la fuerza que posee la presencia del espíritu, reflejado en sus obras,  de la gran artista plástica argentina, que por estos días estaría cumpliendo, apenas, 150 años.

Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández nació en 1866, en El Tala, un pequeño pueblo de la provincia de Salta al límite con Tucumán, en el seno de una familia numerosa y de buen pasar. Luego de los primeros años de niñez, la familia se muda a Tucumán donde Lola Mora comenzó a interesarse por las artes plásticas, en particular la pintura y la escultura. Cuando tenía 18 años fallecen sus padres, desgracia que no le impidió desarrollar una personalidad independiente y transgresora cuya creatividad se disparó en diversas direcciones.

En 1897, Lola Mora se instala en Roma, gracias a una beca otorgada por el gobierno de Uriburu, donde se inclinó definitivamente por la escultura, perfeccionó su técnica, y adquirió una formación en el estilo neoclasicista y romántico que signaría toda su obra.

La figura de Lola Mora se desembaraza una y otra vez de los estereotipos de “artista” y de “mujer” que la sociedad de fines del siglo XIX y principios del XX imponía por entonces. Lejos del rol que se esperaba que desempeñe una mujer del interior del país, Lola Mora abandonaba el miriñaque y se enfundaba en unos pantalanes estilo babucha para encaramarse en el mármol, o en la arcilla, elementos con los que daría forma a las más sublimes obras escultóricas de las que su impresionante capacidad creadora fuera capaz.

Tampoco le cupo el mote de “bohemia” característico de un sector del movimiento artístico, pues no se la encontraba en las bohardillas ni bodegones que frecuentaban artistas pobres sino en los altos círculos de la vida política y cultural de la aristocracia porteña y romana.

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Fuente de las Nereidas

Su carrera fue sumamente prolífica de modo que se pueden encontrar bustos y estatuas de su autoría en distintas ciudades del país. Realizó el busto de Julio A. Roca -con quien mantuvo una amistad que perduró en el tiempo-, una estatua de Aristóbulo del Valle, Juan Bautista Alberdi, un monumento a Nicolás Avellaneda, entre otros pero, sin duda, es La Fuente de las Nereidas, ubicada hoy en la Costanera Sur de la ciudad de Buenos Aires, la más conocida de sus obras. Esta pieza monumental, tallada en mármol blanco de Carrara, recorrió un largo periplo antes de encontrar su ubicación definitiva. El espacio que originalmente se había planteado para la obra, era el centro de la Plaza de Mayo, pero, a raíz del escándalo que produjo la desnudez de las figuras que la conforman, catalogadas de “licenciosas y libidinosas” por algunos sectores pacatos de la sociedad porteña, fue inaugurada, en 1903, en el Parque Colón, a poca distancia de la Casa Rosada. Sin embargo, las presiones no cesaron y en 1918 trasladaron la obra a uno de los lugares menos transitados de la ciudad a la sazón: la Costanera Sur, sitio que, paradójicamente, con los años se convirtió en uno de los más cotizados de la ciudad de Buenos Aires y de mayor atractivo turístico.

Así y todo, su osadía multifacética no se conformó con el reconocimiento, que en algunos casos llegó tarde, de su talento descomunal. Increíblemente extraño en una dama de su época, Lola Mora se involucró en el negocio de la minería, apostó a encontrar petróleo en Salta y se imaginó una máquina para proyectar películas a la luz de día por lo que se la considera actualmente un ícono de la liberación femenina.

(*) Periodista.

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