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La señora de las entrevistas

 

Por Ana Villarreal (*).- Trató con inteligente respeto su curiosidad. Podía leerse cinco libros en una semana para entrevistarse con un escritor. No se perdonaba la omisión de alguna repregunta. En los textos de sus notas sus interlocutores podían transpirar, respirar con taquicardia, oler a whisky, a flores o tabaco y dejarnos una inmensa duda en la precisión con la que María Ester Gilio no desacertaba en el uso de los puntos suspensivos.

Ella misma, con su inconfundible acento montevideano, confesó alguna vez que Jacobo Timerman, director del diario La Opinión asestó un golpe tiránico sobre su ánimo cuando le cuestionó la calidad de una nota sobre Pablo Neruda, que Juan Gelman, como jefe de la sección Cultura, había autorizado para publicar.

Entonces, consideró seriamente la posibilidad de continuar con la profesión de escribir y dedicarse a otro trabajo. Así lo compartió con algunos de sus amigos, quienes le marcaron la irracionalidad de su intención.

María Esther Gilio se inició con la escritura cuando, como abogada, defendía a los presos de la dictadura de su país y reunió los testimonios de sus defendidos en su primera obra: La guerrilla tupamara, en 1970, por la que obtuvo, en La Habana, el Premio de Casa de las Américas. De similar calidad fueron sus libros Construcción en la noche: la vida de Juan Carlos Onetti y Aurelio el fotógrafo: la pasión de vivir, entre otros.

Trabajó en los periódicos Marcha de Uruguay, en el diario El País y en La Opinión, Clarín y la revista Crisis. En estos medios se destacan las memorables entrevistas a Aníbal Troilo, Abelardo Castillo, Noam Chomsky, Jorge Luis Borges, José Saramago e Idea Vilariño.

Hasta sus últimos días sostuvo su pasión por escribir “es maravilloso preguntar, pensar en lo que vas a preguntar y hay entrevistas -contaba- que las deshago todas, las desarmo totalmente porque son intransmisibles, cuando transmitís una entrevista con alguien demasiado complicado, primero tenés que sacar su pensamiento y después escribir”.

La Gilio, dejó un legado literario de indiscutible calidad en el campo del periodismo, del que dijo, alguna vez que “tiene la superficie de un océano con la profundidad de un charco”.

(*) Periodista, miembro de conducción de la UTPBA

 

 

 

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