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Unicornio azul

Por Leticia Amato (*).- “Hace frío sin ti, pero se vive” reza una pared salvadoreña debajo de un stencil que dibuja el perfil, en versión punk, de Roque Dalton.

Y no es casualidad que tan conmovedoras palabras le dedique aún hoy el arte callejero a este inmenso poeta latinoamericano, que nació en 1935, en el barrio de San Miguelito, ciudad de El Salvador. Roque Dalton fue el hombre para quien poesía y revolución conformaron una única materia indisoluble de sangre y fuego. Así lo definió Julio Cortázar: “Roque es para mí el ejemplo muy poco frecuente de un hombre en quien la capacidad literaria, la capacidad poética se dan desde muy joven mezcladas o conjuntamente con un profundo sentimiento de connaturalidad con su propio pueblo, con su historia y su destino. En él desde los dieciocho años nunca se pudo separar al poeta del luchador, al novelista del combatiente, y por eso su vida fue una serie continua de persecuciones, prisiones, exilios, fugas en algunos casos espectaculares…” Y agrega, “No era hombre de panfletos, era hombre de pensamiento y por detrás y por delante y por encima de todo eso había siempre el gran poeta, el hombre que ha dejado algunos de los poemas más hermosos que yo conozco en estos últimos veinte años.”

Roque Dalton nació del amor fugaz entre una enfermera salvadoreña y de un norteamericano de dudosa descendencia, a quien poco conoció. Comenzó a transitar la senda hacia la conciencia de clase revolucionaria -que desarrolló y vehiculizó en el Partido Comunista salvadoreño primero y en el ERP de El Salvador después-, sobre la base de una fuerte formación cristiana que le proveyeron las escuelas de alta alcurnia que su padre pagaba religiosamente desde los EE.UU.

Precoz en la escritura comenzó su derrotero poético desde muy joven y, contra todos los pronósticos, terminada la escuela secundaria, decide estudiar, no letras ni filosofía, sino abogacía, para lo cual se traslada por un tiempo a Chile. Se vincula e identifica con artistas como Pablo Neruda, César Vallejo, Juan Gelman, Diego Rivera, Nazim Hikmet. Roque crece en términos políticos, ideológicos y literarios al tiempo que su militancia desborda los límites de la participación estudiantil. Varios años de su vida transcurren agitados por el trajín de la clandestinidad, entre viajes a Cuba, Nicaragua, México y la Unión Soviética, matizados con entradas ilegales El Salvador, encubierto bajo identidades falsas. Fue apresado en más de una ocasión, hasta que, luego de un episodio que raya la inverosimilitud, logra escapar de la cárcel salvadoreña a poco de que lo fusilen, gracias a que un terremoto casi voltea la pared de su celda. Roque escribe por aquel entonces, “la ternura no basta, he probado el sabor de la pólvora.”

Hacia 1964 se establece por un tiempo, junto a su mujer e hijos, en Praga, desde donde participa de la Revista Internacional del Partido Comunista y es su libro “Taberna” el que recoge varias de las experiencias vividas en la, por entonces, Checoslovaquia. En una memorable entrevista que realizó Mario Benedetti en 1969, para la revista Marcha, Roque Dalton explica la génesis de su poesía y se distancia de la falsa dicotomía entre literatura y compromiso revolucionario que el mundo de los catedráticos intentaba imponer: “Mario Benedetti: ¿Cómo caracterizarías la trayectoria de tu poesía? Roque Dalton: Al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar, a hacer la loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el hombre, las sociedades. Era la poesía-canto. Si en alguna medida logré salvarme de esa actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir por ejemplo de su mitología. Y luego, cierta visión del problema político, para la cual no era suficiente la expresión admirativa o condenatoria, sino que precisaba un análisis más profundo.”

En 1967 se instala por un tiempo en Cuba donde su escritura se vuelve muy prolífica dada su dedicación casi absoluta, sumada al apoyo que le brinda La Casa de las Américas y a la tremenda efervescencia literario-revolucionaria que concitaba la isla. Los entrañables poemas de Roque Dalton describen su propio brillo poético y contagian sus anhelos revolucionarios: “Mi poesía /es como la siempreviva /paga su precio/a la existencia /en término de asperidad. /Entre las piedras y el fuego, /frente a la tempestad/o en medio de la sequía, /por sobre las banderas /del odio necesario /y el hermosísimo empuje /de la cólera, /la flor de mi poesía busca siempre /el aire, /el humus, /la savia, /el sol, /de la ternura.

En palabras de Elena Poniatowska (prólogo de Un Libro Levemente Odioso): “De Roque, todos los que lo conocieron dicen que era un personaje a todo dar, y resulta fácil imaginarlo haciendo del entusiasmo y la sinceridad un mérito literario. No, los vientos no huyeron de su asombro y su cara, Roque Dalton asesinado a los cuarenta años fue siempre, hasta el último momento, un sorprendido, un cielo tomado por asalto, una risa interrumpida.”

Y finalmente, varios años después de su muerte, el cantautor cubano Silvio Rodríguez nos vino a develar un misterio que mucho tiene que ver con Roque Dalton: “A propósito quiero acusar públicamente el recibo de una noticia sumamente legítima. Todo empezó por un amigo muy querido que tuve, un salvadoreño llamado Roque Dalton, quien además de haber sido un magnífico poeta fue un gran revolucionario, compromiso que le hizo perder la vida cuando era combatiente clandestino. El caso es que Roque tuvo varios hijos; entre ellos Roquito -el que hace tiempo se encuentra prisionero y del que no se sabe su suerte-, y Juan José, que delgado y jovencito como es fue guerrillero herido, capturado y torturado. A este último fue a quien encontré hace poco y me contó que allá, en las montañas de El Salvador, andando con la aguerrida tropa de los humildes, trotaba un unicornio azul con un cuerno. Quiero agradecer la ternura, el sostén y la esperanza de todos los que, en los últimos tiempos, han procurado ayudarme en la búsqueda de lo extraviado. Pero ahora les anuncio que casi casi estoy tranquilo, y que, si lo desean, ya pueden parar de enviar noticias. Porque al fin sé en qué parajes pasta mi unicornio y porque en prados semejantes ningún amor está perdido.”

(*) Periodista, integrante del Centro de Integración Latinoamericano y Caribeño (CILC)

Sobre Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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