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Ryszard Kapuściński: “Oficio: buscadores de contexto”

 

Por Leticia Amato (*).- “La guerra es la degradación del hombre al mismo nivel que la bestia. Cada guerra es una derrota para todos. No hay ningún vencedor.”

Hoy no es el día de su cumpleaños. Tampoco se celebra un aniversario de su muerte. No hay que festejar que alguno de sus libros se convirtió en “best seller”. Ni que van a condecorarlo –poco faltó- con el Premio Nobel de literatura.

Sin embargo, hoy, un día en apariencia, como cualquier otro, hace falta pensar en el gran periodista polaco Ryszard Kapuściński.

Kapuściński nació en Varsovia, en 1932, en el seno de una familia azotada por la miseria de la segunda guerra mundial. Estudió historia y desde una edad temprana se dedicó a la escritura, al periodismo, fundamentalmente, en calidad de corresponsal de guerra. Estuvo presente en el golpe de estado en Chile, en la revolución en Irán y en decenas de revoluciones independentistas en el continente africano.

“He visto muchas guerras, pero recuerdo especialmente cómo acabó la II Guerra Mundial. Hubo unos días de euforia, pero luego fue saliendo a la luz la enorme infelicidad que la acompañaba: los mutilados, los niños huérfanos, las ciudades heridas y arrasadas, la gente irremediablemente enloquecida.”

“In situ”, Kapuściński cubrió los conflictos bélicos más significativos que tuvieron lugar en el mundo durante las décadas del ‘60 al 2000. Pero no se trató de apenas un relator “objetivo” de la realidad del mundo y de la guerra, Kapuściński hizo del ejercicio del periodismo una militancia cotidiana por el derecho humano a la vida y a la información.

“La guerra no termina el día en el que se firma el armisticio. El dolor persiste mucho tiempo. Existe un cuento del escritor polaco Jerzy Andrzejeswki que se titula El verdadero final de la gran guerra. El verdadero final de la guerra se produce muchos, muchos años después de la declaración oficial. En el fondo, la guerra no acaba nunca. La guerra es consecuencia de la interrupción de las comunicaciones entre los hombres. No hay que olvidar nunca que la capacidad de comunicarse es la esencia de la humanidad. A veces, en momentos como éstos, uno siente la necesidad de salirse de la corriente del río y sentarse en la orilla a observar las cosas desde fuera. Los acontecimientos se suceden, veloces y caóticos, y engendran remolinos contradictorios e incomprensibles. Es preciso aprender a mirar bajo la superficie, donde todo va más despacio y es posible intentar captar la naturaleza profunda de la historia que estamos viviendo, lo que Fernand Braudel llamaba “la larga duración”.

Sólido en sus convicciones supo ver, leer y describir en cada gesto los horrores de la guerra a través de sus protagonistas directos: las víctimas, la población civil, la gente. Y no cesó en su afán por brindar los contextos que permiten comprender el origen real, los verdaderos intereses que subyacen en el fondo de todo conflicto y que les dan origen.

“Siempre creí que los reporteros éramos buscadores de contextos, de las causas verdaderas que explican lo que sucede en nuestro mundo”

Kapuściński fue un hombre que, sobre la base de un conocimiento profundo y detallado de la realidad ha hecho de cada cobertura y de cada una de sus crónicas, una denuncia contra la miseria y la desigualdad a la que son arrojados diariamente miles de millones de seres humanos en todo el mundo. Jamás ajeno, jamás neutral, el maestro del periodismo hizo de ese hasta entonces “oficio”, una defensa irrestricta en favor de los olvidados de la tierra.

“En la década de los años sesenta se comparó el nivel de vida de las personas más pudientes y de las más pobres y resultó que los pobres vivían treinta veces peor que los ricos. A fines de los años noventa los más pobres ya vivían ochenta y dos veces peor que los ricos.

Las diferencias entre el rico y el pobre aumentan sin cesar. Aparecen ya al nivel de la familia, pero se reflejan también en la suerte que suelen correr los niños y las mujeres, sobre todo en tiempos de guerra.

Al nivel mundial, las diferencias son tremendas, porque por cada veinte personas bien situadas hay ochenta que viven en la pobreza.”

Y entonces, un día cualquiera, como hoy, a cuento de pensar en Kapuściński, cabe preguntarnos: ¿qué tan diferente es nuestro mundo de aquel que supo describir con maestría y compromiso Ryszard Kapuściński cincuenta años atrás?

El mundo en el que vivió Kapuściński, el que intentó contar, describir y relatar fiel a sus convicciones y a su mirada del mundo, estaba en guerra. Igual que el nuestro ahora. Aquel mundo era denunciado por la marginación despiadada a la que eran arrojados millones de seres humanos cada día. Sin embargo la brecha que separa a ricos de pobres continuó creciendo desde entonces.

Además de sus notas inolvidables y sus más de veinte fascinantes obras literarias, pensar hoy en el legado de Kapuściński no es otra cosa que asumir el desafío de ejercer el periodismo con la conciencia del que trabaja para construir un mundo más justo y solidario, aquel mundo en el que de una vez y para siempre, quepamos todos.

(*) Periodista, integrante del Centro de Integración Latinoamericano y Caribeño (CILC)

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