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Francia: Hollande, las huelgas y el qué dirán

Por Juan Ignacio Ruíz (*).- Desde hace tres meses Francia se encuentra en una situación particularmente convulsionada. Hay una pulseada entre dos que no están dispuestos a claudicar: por un lado un gobierno socialista (¿socialista?) obsesionado con el ajuste y la flexibilización laboral y por el otro trabajadores y estudiantes como mascarón de proa de la defensa de los derechos laborales y humanos de millones de compatriotas.

Los últimos años no han sido sencillos para la sociedad francesa. Entre el gobierno del conservador Nicolás Sarkozy y el supuesto socialismo del actual presidente François Hollande, ambos alineados con la política guerrerista de los Estados Unidos y la OTAN, colocaron al país en una situación endeble desde lo económico e incluyeron a la sociedad gala entre los países favoritos en los que golpea el terrorismo que han sabido conseguir.

El toque final para esta receta de miedo y desesperanza llegó de la mano de la denominada “Ley El Khomri” (por el nombre de la ministra de Trabajo que la impulsa, Myriam EL Khomri), que impulsa una reforma laboral que, entre otras cosas, faculta a las empresas a elevar las horas de trabajo semanales de 40 a 48, a no pagar las horas extras y reservarse el derecho de reducir personal por cuestiones de “crisis”.

Esta ley además da prioridad a los acuerdos empresariales por sobre los convenios colectivos de trabajo, posibilitando los acuerdos salariales por empresa y no por sector, debilitando de esta manera el reclamo de los trabajadores.

La resistencia llegó a tal punto tanto en las calles como en la Asamblea Nacional –junto con el Senado una de las dos cámaras que componen el parlamento- que el Primer Ministro Manuel Valls debió echar mano en un par de oportunidades al artículo 49.3 de la constitución para avanzar por decreto con esta ley.

La protesta contra la reforma de la ministra Myriam El Khomri mantiene en pie de guerra a siete organizaciones sindicales y estudiantiles, que han convocado a una gran manifestación en París el próximo 14 de junio para exigir la retirada del texto.

A lo largo y ancho de Francia se han movilizado millones de personas desde marzo pasado y trabajadores nucleados en las siete centrales sindicales francesas llevaron adelante medidas de fuerza que paralizaron o redujeron drásticamente la actividad productiva y económica durante semanas.

Hollande, en una reciente entrevista con el periódico regional La Voix du Nord, se quejó por las manifestaciones multitudinarias en diversas ciudades del país: “Las movilizaciones molestan a nuestros compatriotas y dan una imagen de Francia que no se ajusta la realidad de un país que es el primer destino turístico del mundo”.

Es que Francia es el anfitrión de la Eurocopa de fútbol que comienza en horas y Hollande sabe que los ojos de buena parte del mundo estarán por un par de semanas en su tierra. No quiere mala imagen. Apela a que la sociedad reflexione, a que piense “qué dirán las visitas”, mientras le agrega nafta al fuego, porque aclaró hasta el cansancio que la ley avanza sí o sí. Llama a la cordura y a la racionalidad de los explotados y precarizados, los de ahora y los que vendrán, mientras apuesta al desgaste de las medidas de fuerza en contra de sus iniciativas. Y sin ruborizarse ni un poco le hace la segunda a Estados Unidos a donde haya una masacre por perpetrar en nombre de la libertad, viendo con qué se puede quedar en el camino. Parece que a Hollande nada de eso lo alarma, sólo le preocupa el qué dirán.

(*) Periodista

Sobre Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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